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Un informe "progre" sobre la inmigración, por E.Arroyo

Un informe "progre" sobre la inmigración, por E.Arroyo

Había decidido escribir acerca de cuestiones positivas –como ha sucedido con los dos últimos artículos sobre el deber y sobre el heroísmo- pero un documento que ha caído recientemente en mis manos me devuelve a la perspectiva crítica para con lo establecido.

En octubre de 2007 fue publicado en Washington D.C., dentro de la iniciativa diseñada por el "Pew Research Center" y denominada "The Pew
Global Attitudes Project" bajo la presidencia de la ex secretaria de Estado norteamericana Madelaine Albright, un informe de 144 páginas titulado World wellcomes international trade but not immigration (El mundo acepta el comercio internacional pero no la inmigración). Los autores han realizado un total de 45.239 encuestas en 47 países de todo el planeta para estimar la percepción de los ciudadanos acerca del fenómeno migratorio.

El resultado no puede ser más sugestivo para la crítica política y social, pese a que sabemos de sobra que es la típica noticia que no saldrá nunca en los medios usuales. El caso es que la mayoría de los países perciben de manera positiva el comercio internacional y las
empresas multinacionales si bien casi la mitad de los 35 países que fueron encuestados en 2002 y 2007 han expresado un creciente pesimismo acerca de las bondades del libre comercio. De entre todos estos países, la perspectiva más negra corresponde a los ciudadanos de los Estados Unidos, un lugar donde cada vez son más escépticos acerca del comercio internacional.

Pero si esta tendencia es ligeramente a la baja, y en general muchos países consideran positivo el comercio entre países, únicamente 3 países de entre los 47 encuestados en 2007 –Corea del Sur, Perú y los territorios palestinos- parecen mostrarse en desacuerdo con la afirmación "debemos controlar y restringir más la inmigración". El resto oscila entre un acuerdo a la afirmación anterior que ronda el 90% (
Costa de Marfil, Malasia e Indonesia) y valores algo inferiores característicos de los países occidentales (España 77%, Italia 87%, Gran Bretaña 75%, Francia 68%, Alemania 65%, Estados Unidos 75%, Canadá 62%). Incluso China muestra su acuerdo a la anterior afirmación (52%), bastante por encima de los contraopinantes (39%).

Obsérvese que nadie ha preguntado a los encuestados acerca de sus preferencias
nacionales o de sus prejuicios étnicos, sino acerca de un fenómeno que puede ser rechazado por razones que nada tienen que ver con dichos prejuicios. Al parecer, para más inri, según el informe (pág. 27), en la mayoría de los países el rechazo a la inmigración tiene que ver con el miedo a perder su identidad cultural. Este punto es recalcado varias veces a lo largo del texto.

Por lo tanto podríamos decir que existen sólidas razones para creer que el mundo entero es "xenófobo" y que los pueblos no quieren la inmigración; más bien la consideran una amenaza. Esta expresión de la "voluntad general" –en puridad democrática jamás puesta de relieve por ningún partido- contrasta con la apabullante unanimidad con la que medios de
comunicación y clase política pretenden educar a la población en las bondades de dicho fenómeno. Esta sorprendente filosofía de interpretar a priori la "voluntad popular" y cambiar las opiniones de la gente, a golpe de propaganda reiterativa y abrumadora, en el sentido de lo que de antemano –y desde el poder- se juzga perjudicial, parece estar bastante extendida entre la clase política. En lógica democrática, debería perseguirse desde los medios a quienes defienden la inmigración –desde los neoliberales hasta la extrema izquierda, pasando por toda una constelación de ONGs neopoliciales- y no a los detractores sensatos del fenómeno.

Es exactamente la misma situación que se da en las elecciones americanas, en las que el creciente descontento con la "economía globalizada" y el capitalismo rampante no tiene ni un solo defensor entre los candidatos en liza, que hacen como oídos sordos a lo que ya es un clamor sobre todo entre las clases trabajadoras más desfavorecidas.

Y es que parece como si en algún lugar donde descansa el verdadero poder se hubiera decidido lo que hay que pensar y lo que no, y se hubiera así mismo impuesto a golpe de terrorismo mediático la idea de que la deslocalización de activos
económicos en carne –que eso es la inmigración- es algo positivo y deseable que todos debemos aceptar practicando una "tolerancia" suicida. El lavado de cerebro es tan intenso que, de vuelta a casa, contemplo el anuncio de una revista "cristiana" que, en la torre de una Iglesia anuncia que "ningún cristiano es racista". Suponemos que por "racista" se entenderá el mismo pandemonium que divulga la propaganda oficial del ultracapitalismo, y que comprende desde el señor que rechaza la inmigración porque se siente amenazado por mafias de países exóticos hasta el psicópata que se divierte ejerciendo la violencia contra extranjeros. Frívolamente, la Iglesia pretende sustraer la dimensión social del fenómeno que el capitalismo manipula para destruir la identidad y la libertad de los pueblos, y convertirlo exclusivamente en una especie de drama de "reality show". Esta mezcolanza irracional e interesada muestra hasta que punto ciertos sectores de la Iglesia han alcanzado un conformismo tácito con la modernidad y, en consecuencia, hasta que punto parte de la Iglesia ha renunciado a luchar contra la visión economicista del mundo que está por igual en la base del capitalismo y de la inmigración.

Por suerte, quedan aún rescoldos de la sabiduría instintiva de los pueblos. Unos pueblos que quieren seguir siendo lo que son y que continúan siendo un tremendo enemigo a batir por los Señores del
Dinero. Ello demuestra que la afirmación de la conciencia nacional y las tradiciones son el valladar más fuerte que existe ante los que quieren convertir la vida de los hombres en mero objeto de comercio.

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