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A Árvore na Cultura Europea, por Juan Carlos Arroyo

A Árvore na Cultura Europea, por Juan Carlos Arroyo

Apresentamos este excelente artigo sobre a significación da árvore na nosa cultura. Completamos así no blogue de TERRA E POVO con este artigo e xunto ao de "El árbol y el bosque: significados y símbolos dentro del mundo indoeurpeo"  (ver a nosa sección de O Mundo da Tradición), a  nosa contribución a un dos maiores símbolos da nosa cultura. E recomendando para os amantes das fragas, devesas e árvores senlleiras e mais do mundo vexetal, a ligazón de http://memoriadelbosque.blogspot.com/

El árbol en la cultura europea
Cuando los medios de comunicación nos hacen llegar noticias que tienen que ver con la naturaleza en general, y con los árboles en particular, éstas, por desgracia, no suelen tener precisamente un cariz positivo. Talas masivas, incendios que asolan bosques enteros, podas abusivas que destruyen el árbol, deforestación, etc. Hoy más que nunca nos damos cuenta de que nuestro planeta, considerado en el pasado como inmenso, inabarcable e inagotable en sus riquezas, se nos ha quedado pequeño y encierra en realidad una gran fragilidad, un delicado equilibrio puesto a prueba fundamentalmente por uno de los seres que lo habita; el ser que ha llegado a un estado de desarrollo evolutivo superior respecto al resto de las criaturas con las que lo comparte:el hombre.

Y es en la permanencia de ese equilibrio, donde la función que realizan los bosques, las selvas, el árbol, constituye un factor vital y trascendental. Sin la existencia de grandes espacios forestales, sencillamente sería imposible la vida en la tierra, pues proporcionan en gran medida el oxígeno necesario para su desarrollo.

No constituye el fin de este artículo el explayarse aquí en consideraciones estrictamente ecológicas, (para ello ya existen prestigiosas publicaciones que las analizan) sino que queremos abordar la cuestión bajo otra perspectiva:la del protagonismo y la significación que ha tenido el árbol en distintas culturas humanas. Si nos hemos centrado fundamentalmente en el ámbito de las tradiciones europeas, no ha sido por ningún motivo etnocentrista o exclusivista, sino porque creemos que ninguna otra civilización humana necesita volver tanto a sus verdaderas raíces, a sus mitos y creencias como la nuestra, nuestra Europa, escenario de la revolución industrial, del capitalismo y del progreso ilimitado, del materialismo "científico", de la moneda única que resolverá todos nuestros
males...Es en ese legado tradicional, donde el árbol, el simbolismo que gira en torno a la cultura del árbol, tiene un papel fundamental, un legado tradicional donde el hombre vivía en íntima unión con los espíritus de la naturaleza y el árbol no era considerado una simple materia prima para hacer casas y utensilios.

Nuestro antropocentrismo, nuestra pretensión de considerarnos el centro del mundo y de que todo lo que está a nuestro alrededor está a nuestro servicio, se ha vuelto contra nosotros mismos. Ya entre los indios hidatsa de EEUU se tiene la creencia de que las desgracias que sobrevienen a la tribu se deben a la tala, por parte de empresas madereras, de los grandes álamos vivos de las riberas del Missouri donde ellos habitan.

En el marco de nuestra mentalidad racionalista occidental, vamos tomando consciencia de que las alteraciones del medio ambiente se deben a nuestra desconsideración e ignorancia de los procesos ecológicos. A medida que el hombre ha ido evolucionando técnica y materialmente, creando sociedades, dominando la naturaleza para conquistar un lugar en la tierra, paralelamente se ha ido alejando de ella; la naturaleza significaba un obstáculo en su deseo de ser más "libre", una barrera que había que franquear a toda costa para, al final, dejar de ser él mismo.

Y es que conciliar progreso con la conservación del medio ambiente, constituye la asignatura pendiente de la humanidad cara al próximo milenio;un reto que va más allá de la simple declaración de intenciones y de "desarrollos sostenibles" más bien insostenibles.

 

 

La morada de los dioses.
Cita Frazer en su famoso libro "La rama dorada" como el culto a los árboles, la adoración y veneración de los árboles como seres vivos ha tenido un papel muy importante en la historia religiosa de la cultura europea en momentos anteriores a la llegada del cristianismo, protagonismo que aún hoy se percibe en multitud de fiestas y celebraciones populares junto a elementos de la nueva religión llegada de oriente medio.

Antes del comienzo del presente milenio, las selvas boscosas ocupaban en Europa un área considerablemente mayor del que ha llegado hasta nuestros días. Las citas de los autores clásicos están llenas de referencias a la grandeza y significación que para los hombres tenían grandes bosques como la selva herciniana en Europa central, la Ciminiana en Italia, el bosque de Broceliande en Bretaña, etc. De la Península ibérica se decía que podía ser recorrida por una ardilla de un extremo al otro sin bajarse de los árboles...

Esa significación representaba una convivencia íntima, sagrada, de las comunidades humanas que vivían junto al bosque de tal manera que llegaba a ser un referente en su vida diaria. Tal es así que entre los pueblos celtas determinó incluso la constitución del calendario. Cada mes estaría representado por un árbol concreto, aunque las investigaciones al respecto no lleguen a coincidir en las fechas que corresponden a cada especie ni a la especie concreta. Las cuatro momentos clave del año celta corresponden a las fiestas conocidas como Samhain, Beltaine, Imbolc y Lugnasad.

El año nuevo comenzaba el 1 de Noviembre, el Samhain. Esta fiesta como señala J. Markale suponía el momento de la posibilidad de la comunicación con el más allá: el mundo de los muertos, de las hadas, de los dioses. Hoy día esta fiesta tiene su continuación cristianizada en el día de todos los santos. El árbol representativo es el abedul, el árbol que crecía en la entrada del paraíso. En la víspera de Samhain, se celebraba la noche de Halloween, noche en la que, según la tradición,
regresaban los muertos con hojas de abedul puestas en sus sombreros.

En la fiesta de Beltaine, el 1 de Mayo, se encendían hogueras en lo alto de cerros y se celebraba el regreso triunfal del sol con el inicio de la primavera. El roble, el árbol sagrado por excelencia para los druidas y donde solía crecer el muérdago (la palabra druida viene del término "dryadas" "sacerdote de las encinas"), representa aquí el momento culminante del ciclo anual.

La fiesta de Imbolc, el 1 de febrero, absorbida por el cristianismo en la festividad de santa Brigida, estaba representada por el sauce. Finalmente el primero de agosto tenía lugar la fiesta en honor del dios Lug, dios de caracter solar, denominada Lugnasad y donde la especie representativa era la vid.

Cita el mismo Frazer como entre los germanos o los celtas, los más viejos santuarios y lugares de culto siempre fueron parajes naturales, claros del bosque, frecuentemente situados cerca de manantiales, ríos o lagos. Se reverenciaban árboles notables por su grandiosidad, árboles que, en muchos casos, se convertirían en oráculos que transmitirían al hombre su destino inmediato merced a determinados signos.

Son también abundantes las pruebas del predominio del culto a los árboles en la Grecia antigua y en Italia. En un santuario situado en Esculapio de Cos, estaba prohibido, bajo multa de un millar de dracmas, el cortar un ciprés. Igualmente en el Foro de Roma se dió culto a la higuera sagrada de Rómulo hasta la época imperial, y cuando con el paso del tiempo se secó el tronco, el hecho se consideró un mal augurio. Todos los robles estaban consagrados a Jupiter entre los romanos y su templo capitolino había sido construido también por Rómulo junto a un roble venerado por los pastores.

Cita Plutarco como en las faldas de una de las colinas de Roma, la Palatina, crecía un cornejo estimado como una de las cosas más sagradas de la urbe, y siempre que a un paseante le parecía que el arbusto necesitaba riego, daba un grito de alarma del que se hacía eco la gente de la calle y en seguida podía verse a una multitud de personas con cubos de agua para regarlo.

Llegados a este punto podemos plantearnos en qué se funda pues el culto a los árboles y las plantas?. El hombre en esos momentos concebía el mundo como algo vivo, animado, y las plantas y árboles no son una excepción. Piensa que tienen un alma, un espíritu semejante al suyo y los estima de acuerdo a ello, y como seres vivos tienen igualmente la capacidad de experimentar el sufrimiento.

En multitud de tradiciones existen relatos acerca de árboles y plantas que emiten gritos de dolor al ser derribados o mutilados, de tal manera que, previamente, teniendo en cuenta este extremo, se le pedía perdón al árbol que iba a ser derribado, dejándole ofrendas o incluso oficiando sacrificios para calmar la ira de los deidades o genios que lo habitaban.

La consideración que merecían tales costumbres determinó la implantación de fuertes castigos (incluso la condena a muerte) para aquellos que profanaban un árbol o un bosque sagrado, existiendo antiguas leyes donde se contemplaban diversas categorías de multas para quien cortara determinadas especies de árboles. La severidad del culto en sus primeros
momentos se deduce de las fuertes penas que señalaban por ejemplo las antiguas leyes germánicas para aquel que se atreviera a descortezar un árbol vivo:cortaban el ombligo del culpable y lo clavaban a la parte del árbol que había sido mondada obligándole después a dar vueltas al tronco de modo que quedasen sus intestinos enrollados al árbol. Se trataba pues de reemplazar la corteza muerta por un substituto vivo tomado del responsable de la profanación.

En la misma Roma, según Catón, cuando se procedía a realizar el aclareo de un bosque, sesacrificaba un cerdo y se rezaba a la divinidad de ese bosque pidiendo perdón por tales acciones. Viejos campesinos de algunos lugares de Austria sienten aún hoy que los árboles de la selva están animados y no permitirán se les haga un corte en la corteza sin una causa especial que lo justifique suficientemente. Cuando derriban un árbol ruegan les perdone por ello.

En la región de la costa dálmata, se dice que entre las grandes hayas, robles y otros árboles hay algunos que están dotados de almas o "sombras" y siempre que se derribe uno de estos árboles debe morir el talador o al menos quedar inválido para el resto de sus días.

Una práctica muy extendida entre diversos pueblos que habitaban cerca de las grandes selvas fue la del ayuno y la estancia en el bosque, en soledad, para de esta manera entrar en contacto con esos espíritus o genios (dríadas, como los denominaban los griegos). Era así, mediante estas pruebas iniciáticas, como el niño tomaba conciencia del mundo que le rodeaba, su carácter sagrado y se hacía hombre. Entre los pueblos eslavos cada bosque tenía su "Lechy", divinidad protectora que tenía la piel y sangre azul, larga barba y abundante cabellera, haciéndose su estatura más pequeña conforme se acercaba al lindero del bosque.

Cita Ignacio Abella en su delicioso libro "la magia de los árboles" como en el País Vasco, por citar un ejemplo más cercano, existe una figura similar denominada "Basajaun"(señor de los bosques, en euskera) y que, según la tradición, es un genio antropomórfico enorme y cubierto de pelo por todas partes, y que habita en lo más profundo de los bosques y en cuevas. Este genio aparece con distintos nombres en muchas leyendas europeas. Es el "Fer caille", hombre de los bosques irlandés; el hombre de musgo extremeño, el "Busgosu" asturiano; en Alemania es el "Waldmensch", el hombre de la selva.

En todos los casos se trata de deidades, genios que cumplen la función de guardianes de la naturaleza, y que según expresa la tradición popular en Bretaña, no se aparecen en la actualidad a los hombres debido al carácter malicioso de éstos y a la implantación del cristianismo, religión desacralizadora del mundo natural por excelencia.

Comenta Frazer en su citada obra como cuando se llega a considerar al árbol no tanto como el cuerpo del espíritu arbóreo, sino simplemente ya su morada (hierofanía), de la que puede prescindir además si lo desea, se produce un avance importante en la evolución del pensamiento religioso, pasando del animismo hacia el politeísmo. Desde bien temprano surgió la creencia de que los árboles o espíritus arbóreos jugaban un papel esencial en el régimen de las lluvias (fundamental para tener una buena cosecha) y el buen tiempo.

Se comenta que cuando el misionero cristiano Jerónimo de Praga estaba intentando convencer a los paganos lituanos para que derribasen sus bosques sagrados, y abandonaran sus "erróneas" creencias, un grupo de mujeres rogó al principe de Lituania le detuviera, diciendo que con los bosques destruiría también la casa del dios que les favorecía con la lluvia y el buen tiempo.

También los espíritus arbóreos intervenían favoreciendo la prosperidad de las cosechas. Entre los campesinos de Suecia se tiene por costumbre clavar una rama con follaje en cada surco de sus sembrados, creyendo que hacerlo así les asegurará una buena cosecha. Esta misma idea se desprende de las costumbres alemana y francesa del "mayo de la siega", el cual consiste en una rama o un árbol entero que, adornado de espigas, se trae a casa y queda colgado del techo de la granja durante todo el año con una clara intención propiciatoria.

Por otro lado cabe mencionar también la tradición del "árbol mayo", que proporciona efectos benéficos en este caso sobre las mujeres y el ganado. Así en algunas partes de Alemania, en el primero de mayo, los campesinos erigen un "palo mayo" y también un "ramo mayo" ante la puerta de los establos y cuadras. La costumbre, extendida en nuestro continente, de poner una rama verde el día primero de mayo ante la casa o sobre la casa de la doncella amada, se originó probablemente de la creencia en el poder fertilizador del espíritu del árbol.

De lo visto someramente y consideradas las cualidades benéficas que se atribuyen a los espíritus arbóreos, se explica que las fiestas del "árbol mayo" hayan pervivido y sean costumbre tradicional en muchos paises de Europa, incluida España donde la práctica de engalanar cruces con flores y motivos vegetales, las "cruces de mayo" tiene un indiscutible origen pagano.

Otras culturas, una misma sensibilidad.
Es interesante y necesario constatar como en las tradiciones de otros pueblos del mundo, existe una apreciación de la realidad natural que evidencia similitudes, expresadas obviamente, de acuerdo a las peculiaridades culturales y psicológicas de dichos pueblos.

Los ya citados indios hidatsa de norteamérica creen que todo objeto natural tiene su espíritu. Antiguamente los indios consideraban como pecado la caída de un álamo y cuando necesitaban maderos grandes hacían uso solamente de los árboles caídos espontáneamente. Por su parte los iroqueses creían que cada planta, cada hierba tenía su propio espíritu y acostumbraban a darles las gracias. Los indios ojebways muy raramente talan árboles verdes o vivientes porque piensan en el dolor que puede causárseles y algunos de los curanderos aseguran haber oído los gemidos de los árboles bajo la acción del hacha. Esta misma consideración del dolor y sufrimiento que experimenta el árbol se encuentra con frecuencia en antiguos textos chinos.

En Africa oriental, los wonika imaginan que cada árbol y en especial los cocoteros tienen su espíritu, y su destrucción equivaldría a un matricidio, pues el árbol les da la vida y el alimento igual que una madre hace lo propio con su hijo. La ceiba, árbol de enorme altura, es mirado con reverencia en toda el Africa occidental, ya que las tribus que habitan en esa zona creen que en ella habita un dios o un espíritu. Los bosonga del Africa central piensan que cuando se corta un árbol, el espíritu que lo habita, airado, puede causar la muerte del jefe del clan y de su familia.

En otras tradiciones se cree que las almas de los difuntos residen en los árboles, por lo cual todo daño que se provoque al árbol, supone profanar la memoria de los antepasados. Si nos vamos a la región central de Australia, nos encontramos con una tribu, los dieri, que consideran muy sagrados ciertos árboles en los que se suponen se han transformado sus padres.;cuando susurran las hojas al viento, los nativos imaginan que es la voz del espíritu y nunca pasan cerca de uno de ellos sin inclinarse respetuosamente. La misma concepción animista podemos encontrar entre algunos pueblos que habitan las islas Filipinas.

También podemos encontrar, al igual que veíamos en el contexto cultural europeo, elementos que hacen referencia a la relación existente entre la conservación de las selvas, la pluviosidad del clima y la fertilidad. Así entre los mundaris por ejemplo, pueblo que habita en la alta Birmania, se considera que la tala de los árboles trae como consecuencia la escasez de lluvias y, por tanto, una reducción de las cosechas.

En la India septentrional el "emblica officinalis" se tiene por un árbol especialmente sagrado;el día 11 de febrero se derraman libaciones al pie del mismo, atando en torno a su tronco cuerdas rojas o amarillas y ofreciéndole oraciones por la fertilidad de las mujeres, animales y cosechas.


Recuperar una antigua amistad.
Obviamente por cuestiones de espacio y porque nuestro artículo no tiene por finalidad la exhaustividad, hemos mencionado un conjunto de creencias que juzgamos representativas de una determinada concepción del mundo y que nos remontan a un pasado, a una sensibilidad que era expresión de la unión del hombre con la naturaleza.

Sin embargo, a tenor de todo lo expuesto, no vamos a caer en el error de pensar que la desaparición de nuestros bosques es algo exclusivo de nuestra época, centrada más en la mera satisfacción de las necesidades materiales que en la búsqueda espiritual de la reconciliación del hombre consigo mismo y con la naturaleza. Constatamos como muchas veces las normas, las leyes no se cumplían, pero ello, creemos, no resta valor a una determinada forma de entender el mundo y del lugar que ocupa el ser humano en ese mundo.

Tal como ha expresado J. Paul Délèage en su obra "Una historia de la Ecología", no ha existido ninguna civilización que fuera, tal y como lo entendemos hoy, ecológicamente inocente. Ha habido en el pasado usos y formas de explotación de los recursos poco respetuosos con la conservación de los ecosistemas a lo que cabría de esperar de sociedades tradicionales más en contacto con la naturaleza. Pero sí es cierto que la crisis ecológica actual reviste una proporción mucho mayor, tanto por el impacto de una tecnología más agresiva con el medio como por una mentalidad racionalista y utilitarista.

La mayoría de las religiones tradicionales presentan un carácter "cósmico" , en el que el universo es percibido como un todo orgánico y vivo del cual el hombre es una parte sustancial. En las religiones orientales como el taoísmo chino o la tradición hindú, se afirma la unión íntima del hombre con la naturaleza. Buda nace bajo un árbol y bajo un árbol nace por segunda vez. Planteamiento bien distinto al del monoteísmo judeocristiano que estableció la concepción de un Dios omnipotente que había creado el mundo para exclusivo beneficio del hombre. Se perfilaba así el cristianismo como la religión más antropocéntrica conocida, que instauraba una suerte de dualismo entre el hombre y la naturaleza, opuesto al principio de armonía con el medio que era propio de las religiones tradicionales pre-cristianas.

Vemos pues como las formas de pensar, las mentalidades, han tenido una influencia
decisiva en la manera en como las distintas sociedades humanas se han acercado a la naturaleza. En consecuencia la recuperación de una cierta escala de valores se divisa fundamental para lograr una sociedad y una cultura más ecológica, una escala de valores que para muchos se traduce en un nuevo sentimiento religioso que hunde sus raices en un pasado tradicional. Sin duda esa búsqueda de una nueva religiosidad (de religere, volver a enraizarse en los mitos ancestrales) constituya el cambio cultural más importante de cara al nuevo milenio.

En la mitología nórdica, "Yggdrassil", el fresno silvestre, es el eje del mundo, el árbol que sostiene y contiene en sí todas las fuerzas del universo. Sin él, el mundo se desplomaría. Odín, el Dios tuerto, acude a su pie para recibir la fuente de la sabiduría. Sus tres ramas sostienen el cielo y sus frutos son las estrellas. El árbol como centro del mundo y centro de la vida del hombre.

En el pasado el árbol sagrado y especialmente el roble, fue centro de la actividad social de muchos pueblos. La palabra que se confiaba al árbol tenía un valor especial y de ahí nace por ejemplo la tradición de los árboles junteros (como el de Gernika). El roble y otros árboles de concejo eran, en virtud del poder reconocido por la comunidad, verdaderos jueces de paz, guardianes de la justicia(de hecho en vez de jurar sobre la Biblia, se hacía bajo el roble sagrado). Tal costumbre tenía un origen ancestral pues ya los mismos aqueos celebraban sus juntas bajo una encina sagrada.

En un momento en que se considera que la civilización occidental está en crisis, muchos vuelven sus miradas hacia Oriente;distintas filosofías y religiones ofrecen nuevas vías de espiritualidad al hombre europeo mediante la meditación y la reflexión. Son aportaciones que debemos valorar en su justa medida como un enriquecimiento cultural, pero no obstante, y sin desmerecerlas en absoluto, creemos que debemos buscar nuestra identidad y esencia en lo más hondo de nuestra memoria: la memoria pagana.

Mientras que para algunos Europa solo significa la Unión Europea, la OTAN o el "euro", para nosotros tiene un contenido vivo que se manifiesta en las tradiciones populares, y en ese contenido, los viejos árboles representan un vínculo con el pasado que puede, debe, servirnos para recuperar nuestras raíces.

Ha llegado el tiempo en que el hombre vuelva a recuperar esa vieja amistad con los árboles. Caminando entre los senderos de nuestros bosques, en medio de la espesa umbría, entre el murmullo del viento a través de las hojas, uno cree percibir la presencia de genios, hadas, elfos... Los viejos dioses están vivos!

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