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Rectificación do diario La Opinión de A Coruña encol das inxurias verquidas sobre a revista IdentidaD

http://www.laopinioncoruna..es/servicios/cartas/cartaLector.jsp?pIdCarta=3605&pRef=2008060300_0_0__Cartas
 
 
 
Enrique Ravello

Falsedades - Sobre la revista ´Identidad´

Ante las informaciones aparecidas en su edición del día 23 de mayo de 2008, página 28, en relación a la presentación de la revista "Identidad" en La Coruña, solicitamos una rectificación inmediata en el sentido siguiente:
1.- Negar rotundamente el carácter "neonazi" de la revista "Identidad".
2.- Aclarar que en la misma colaboran profesiones de la Universidad de Lyon como Pierre Vial y diputados belgas electos en el parlamento flamenco como Hilde de Lobel, con lo que la gravedad de su imputación se extiende también a ellos.


Reseña sobre o libro de Ernst Jünger, "Der Arbeiter"

Reseña sobre o libro de Ernst Jünger, "Der Arbeiter"

EL TRABAJADOR.Dominio y Figura. Ernst Jünger.Tusquets Editores.

 

Principal ensayo del siempre polémico, incomprendido o mal entendido genio de Heidelberg. Publicado originalmente en 1932 la obra no se ha sustraido a una serie de revisiones por su autor adaptando ciertas reflexiones a secuencias vitales cuya magnitud es imposible de menospreciar. El vigor intelectual, el futurismo de sus planteamientos, así como la altura insospechada de una perspectiva que resulta desconcertadora para aquellos que no están preparados para la visión de horizontes nunca explorados, configuran la actual vigencia de esta obra. Incluso sigue aportando claves para lo que será el desarrollo de la modernidad  en el siglo XXI.

“El Trabajador” no permite definirse ni encasillarse en ningún espacio predefinido pero podemos aceptar el término utilizado normalmente por la crítica de “metapolítica” dada la amplitud de significación del término. Jünger explora campos que nunca habían sido tocados por el pensamiento al menos en la perspectiva futurista y dentro de la más pura esencia del pensamiento europeo y faustico.

El Trabajador, como figura, no como estamento ni clase social sinó como totalidad destinada a dirigir y conquistar  el futuro omnimodamente como función imperial en una nueva perspectiva de la dinámica más alla de toda interpretación científica penetrando en el terreno de la metafísica (en el sentido Tradicional no filosófico). Con la crisis de la individualidad que ya era latente a mediados del siglo pasado y que hoy en día ya esta totalmente consumada emerge la figura esencial del Trabajador, que junto al “Soldado desconocido” y al “Emboscado” forman la trilogía de las grandes figuras esenciales jüngerianas. No sin cierta osadía se puede emparentar el carácter  de “figura” con el de “arquétipo” como concepto psicoanalíticoexpuesto por  Jung aunque esta comparación sólo nos sirve para  ayudar a vislumbrar su esencia. A diferencia de este el Trabajador tiene como atributo fundamental la totalidad, la “movilización total” concepto importantisimo en el pensamiento de Jünger y que nos sirve para entender acontecimientos que se desarrollaron en la Europa de entreguerras. Nada se sustrae al Trabajador creando y ampliando campos de poder, el mundo de “Trabajo”, más allá de la acción o de la contemplación. Forman parte del mundo de Trabajo tanto la obra industrial como la poética  o religiosa siendo propia la nueva jerarquía de valores que permitirá unha nueva relación del Trabajador con la técnica, la ascesis de Trabajo. La irrupción de esta figura causará irremediablemente el fin de la era burguesa porque el lenguaje del Trabajador ya no participa de la truculenta dialéctica burguesa que supo durante siglos absorver y cauterizar todo aquello que significara oposición, inseguridad, incomodidad.

Jünger esboza un orden grandioso, épico, emparentado con las grandes epopeyas donde el hombre que renunciando a su individualidad burguesa  encarna y transparenta en sí la figura del Trabajador convirtiéndose en “Tipo” de la figura, donde su libertad consiste en su sacrificio voluntario en pos del orden superior, es decir la libertad transfigurada en necesidad, o  mejor aun (siendo Jünger legítimo heredero del “viejo cabeza de pólvora”) en “voluntad de poder” donde adquiere singnificado la transfiguración de los valores.

Recomendamos como lectura introductoria a la obra de Jünger “Tempestades de Acero” (Tusquets, colección andanzas-53) diarios de la primera guerra mundial. En esta obras se percibe la génesis  fundamental del pensamiento de Jünger. Es en la vivencia de la guerra como experiencia interior donde se pueden alcanzar cotas de valor y aperturas a dimensiones nunca vislumbradas a través del puro intelectualismo. “¡Loor  a esos caídos que fueron despedazados por la horrenda soledad del amor o del conocimiento, y loor también a esos otros que fueron abatidos por el acero en las incandescentes colinas del combate!” Fragmentos como este podrían estar firmados por aquellos poetas-caballeros del medievo de los cuales fue Wolfran von Eschembach con su “Parzival” uno de los mas conocidos.

 

G.R.L.C.

Un informe "progre" sobre la inmigración, por E.Arroyo

Un informe "progre" sobre la inmigración, por E.Arroyo

Había decidido escribir acerca de cuestiones positivas –como ha sucedido con los dos últimos artículos sobre el deber y sobre el heroísmo- pero un documento que ha caído recientemente en mis manos me devuelve a la perspectiva crítica para con lo establecido.

En octubre de 2007 fue publicado en Washington D.C., dentro de la iniciativa diseñada por el "Pew Research Center" y denominada "The Pew
Global Attitudes Project" bajo la presidencia de la ex secretaria de Estado norteamericana Madelaine Albright, un informe de 144 páginas titulado World wellcomes international trade but not immigration (El mundo acepta el comercio internacional pero no la inmigración). Los autores han realizado un total de 45.239 encuestas en 47 países de todo el planeta para estimar la percepción de los ciudadanos acerca del fenómeno migratorio.

El resultado no puede ser más sugestivo para la crítica política y social, pese a que sabemos de sobra que es la típica noticia que no saldrá nunca en los medios usuales. El caso es que la mayoría de los países perciben de manera positiva el comercio internacional y las
empresas multinacionales si bien casi la mitad de los 35 países que fueron encuestados en 2002 y 2007 han expresado un creciente pesimismo acerca de las bondades del libre comercio. De entre todos estos países, la perspectiva más negra corresponde a los ciudadanos de los Estados Unidos, un lugar donde cada vez son más escépticos acerca del comercio internacional.

Pero si esta tendencia es ligeramente a la baja, y en general muchos países consideran positivo el comercio entre países, únicamente 3 países de entre los 47 encuestados en 2007 –Corea del Sur, Perú y los territorios palestinos- parecen mostrarse en desacuerdo con la afirmación "debemos controlar y restringir más la inmigración". El resto oscila entre un acuerdo a la afirmación anterior que ronda el 90% (
Costa de Marfil, Malasia e Indonesia) y valores algo inferiores característicos de los países occidentales (España 77%, Italia 87%, Gran Bretaña 75%, Francia 68%, Alemania 65%, Estados Unidos 75%, Canadá 62%). Incluso China muestra su acuerdo a la anterior afirmación (52%), bastante por encima de los contraopinantes (39%).

Obsérvese que nadie ha preguntado a los encuestados acerca de sus preferencias
nacionales o de sus prejuicios étnicos, sino acerca de un fenómeno que puede ser rechazado por razones que nada tienen que ver con dichos prejuicios. Al parecer, para más inri, según el informe (pág. 27), en la mayoría de los países el rechazo a la inmigración tiene que ver con el miedo a perder su identidad cultural. Este punto es recalcado varias veces a lo largo del texto.

Por lo tanto podríamos decir que existen sólidas razones para creer que el mundo entero es "xenófobo" y que los pueblos no quieren la inmigración; más bien la consideran una amenaza. Esta expresión de la "voluntad general" –en puridad democrática jamás puesta de relieve por ningún partido- contrasta con la apabullante unanimidad con la que medios de
comunicación y clase política pretenden educar a la población en las bondades de dicho fenómeno. Esta sorprendente filosofía de interpretar a priori la "voluntad popular" y cambiar las opiniones de la gente, a golpe de propaganda reiterativa y abrumadora, en el sentido de lo que de antemano –y desde el poder- se juzga perjudicial, parece estar bastante extendida entre la clase política. En lógica democrática, debería perseguirse desde los medios a quienes defienden la inmigración –desde los neoliberales hasta la extrema izquierda, pasando por toda una constelación de ONGs neopoliciales- y no a los detractores sensatos del fenómeno.

Es exactamente la misma situación que se da en las elecciones americanas, en las que el creciente descontento con la "economía globalizada" y el capitalismo rampante no tiene ni un solo defensor entre los candidatos en liza, que hacen como oídos sordos a lo que ya es un clamor sobre todo entre las clases trabajadoras más desfavorecidas.

Y es que parece como si en algún lugar donde descansa el verdadero poder se hubiera decidido lo que hay que pensar y lo que no, y se hubiera así mismo impuesto a golpe de terrorismo mediático la idea de que la deslocalización de activos
económicos en carne –que eso es la inmigración- es algo positivo y deseable que todos debemos aceptar practicando una "tolerancia" suicida. El lavado de cerebro es tan intenso que, de vuelta a casa, contemplo el anuncio de una revista "cristiana" que, en la torre de una Iglesia anuncia que "ningún cristiano es racista". Suponemos que por "racista" se entenderá el mismo pandemonium que divulga la propaganda oficial del ultracapitalismo, y que comprende desde el señor que rechaza la inmigración porque se siente amenazado por mafias de países exóticos hasta el psicópata que se divierte ejerciendo la violencia contra extranjeros. Frívolamente, la Iglesia pretende sustraer la dimensión social del fenómeno que el capitalismo manipula para destruir la identidad y la libertad de los pueblos, y convertirlo exclusivamente en una especie de drama de "reality show". Esta mezcolanza irracional e interesada muestra hasta que punto ciertos sectores de la Iglesia han alcanzado un conformismo tácito con la modernidad y, en consecuencia, hasta que punto parte de la Iglesia ha renunciado a luchar contra la visión economicista del mundo que está por igual en la base del capitalismo y de la inmigración.

Por suerte, quedan aún rescoldos de la sabiduría instintiva de los pueblos. Unos pueblos que quieren seguir siendo lo que son y que continúan siendo un tremendo enemigo a batir por los Señores del
Dinero. Ello demuestra que la afirmación de la conciencia nacional y las tradiciones son el valladar más fuerte que existe ante los que quieren convertir la vida de los hombres en mero objeto de comercio.

El deber, una vieja idea que todos quieren olvidar, por E. Arroyo

El deber, una vieja idea que todos quieren olvidar, por E. Arroyo

Se habla tanto de "ética" y de "principios" en los mentideros de los políticos que las dos palabras han perdido por igual su gravedad y su calado. Sin embargo, casi nadie objetará a la afirmación de que no por ello debe dejar de hablarse de ética o de principios. Algo similar sucede con el "deber", una palabra que parece relegada a los discursos funcionariales de la Pascua Militar o, en el peor de los casos, a la sempiterna monserga del politicastro de turno.

Pese a ello, la idea del deber –o mejor la idea de que hay que cumplir con el deber- puede constituir un buen comienzo para iniciar una regeneración del hombre capaz de alterar el estado de cosas existente, ya que seria ingenuo pensar que ese estado de cosas puede modificarse desde las puras normas de la burocracia estatal o partidista. Así, el deber tiene una primera acepción en el sentido de "deuda". Efectivamente, y aunque casi nadie repare en ello, cuanto tenemos lo debemos en un grado u otro a los que nos precedieron. Solo el hombre moderno, cegado por un individualismo irrespirable, ha llegado a pensar que no debe nada a nadie. De esta presunción surge la apología del "mérito" y del "esfuerzo", absolutizados en el olimpo liberal, como simples coartadas para encerrar más y más al hombre en su egoísmo. Por el contrario, a veces se hace difícil comprender la cantidad de ideas y esquemas mentales que manejamos heredados del pasado, de la experiencia acumulada de las generaciones que nos precedieron. Más difícil aún es comprender el estado de regresión y barbarie en el que entraríamos de prescindir de ese tesoro de sabiduría: la lengua, la cultura, incluso la misma estructura social en la que vivimos provienen todas de aquellos que se dejaron la piel por que el futuro fuera mejor.

Otra acepción del "deber" recae en la obligatoriedad de lo que sin más nos obliga a comportarnos de una determinada manera. Es el origen de la ética que, desde hace trescientos años, el hombre occidental moderno pugna por asentar sobre la propia racionalidad que reniega de la Trascendencia. Para nuestra desgracia, la historia demuestra que resulta sobremanera difícil anclar la ética en la mera prestidigitación racionalista de silogismos, tal y como revela la lucha incesante por fundamentar la ética en la inmanencia del aquí y del ahora.

Dentro de esta segunda acepción, el deber obliga primero a cada uno en su esfera más íntima -porque el deber de cara a la galería no es autentico deber-, y nos obligan en todo cuando somos y hacemos: desde nuestro "yo" más interior, limando asperezas y errores de nuestra personalidad, hasta la vida social donde el hombre tiene como objeto primordial servir a la terna platónica de la belleza, la verdad y la justicia. En las dos dimensiones el hombre se sirve a sí mismo sirviendo a lo que le trasciende e, inversamente, incurre en la esclavitud cuando da rienda suelta al puro deseo sobre objetos contingentes. A este respecto, el trabajo del desaparecido Gonzalo Fernández de la Mora, Sobre la felicidad (Nobel, 2001), demostraba que en multitud de culturas y a lo largo de todas las épocas, ha sido constante la creencia de que la felicidad siempre está ligada a la renuncia a uno mismo. Dicho de otra manera, el hombre es o será feliz cuando cumple con su deber para con sí mismo y para con el orden del mundo.

En palabras de Baltasar Gracián, lo bueno y lo justo son conceptos eternos que se remontan sin más a la noche de los tiempos y por eso en todo momento, hombres de muy diferente condición y en circunstancias incluso opuestas a las actuales, han defendido lo bueno por sentido del deber. Incluso al margen del éxito momentáneo, combatir y esforzarse por el bien y la justicia han aportado al hombre un sentido para con una vida que, sin ellos, quedaría absolutamente vacía. Esta es la razón por la cual solo podemos estar en deuda con lo bueno que hemos heredado del pasado y solo puede obligarnos en el presente aquello que de positivo nos han legado los que nos precedieron. Por lo tanto, el deber como "deuda" y el deber como "norma" que obliga, son dos modos de expresar que aquellas cosas a las que el hombre tiene que servir se proyectan a través de los tiempos, en el curso de las generaciones. Cada generación está en deuda con la anterior y se debe a ella. Debe tomar lo mejor de aquella para proyectarlo hacia el futuro y, si no es así, la comunidad muere.

En estas circunstancias, resulta imprescindible para el hombre interrogar a la tradición para dotar a su vida de un sentido. Frente al hombre moderno, esclavizado por deseos efímeros y desensibilizado por una oferta incesante -agobiante y prescindible-, de posibilidades nuevas, el hombre libre toma posesión de su vida –y por ende gana su libertad- cuando descubre el sentido de cuanto acontece, en conexión con aquellos a los que tanto debemos. Paradójicamente para el hombre de hoy, la conciencia del propio deber es el presupuesto ineludible de la libertad y supone una revalorización del principio de autoridad hoy tan denostado por trescientos años de Ilustración y pensamiento supuestamente "emancipatorio". En palabras de Hans Gadamer (Verdad y método, Sígueme, 1977), "la autoridad de las personas no tiene su fundamento último en un acto de sumisión y de abdicación de la razón, sino en un acto de reconocimiento y de conocimiento; se reconoce que el otro está por encima de uno en juicio y perspectiva, y que en consecuencia, su juicio es preferente o tiene primacía respecto al propio. Esta autoridad no se otorga, sino que se adquiere, y tiene que ser adquirida si se quiere apelar a ella. Reposa sobre el reconocimiento y, en consecuencia, sobre una acción de la razón misma que, haciéndose cargo de sus propios límites, atribuye al otro una perspectiva más acertada. Este sentido rectamente entendido de autoridad no tiene nada que ver con una obediencia ciega".

El reconocimiento de la autoridad en sí, como principio liberador, en vez de la falacia del pensamiento crítico individualista, cierra el círculo que se extiende desde la pregunta por el deber, pasando por el bien, la justicia y la belleza, hasta culminar en la liberación del hombre capaz de alcanzar ya una vida dotada de sentido.

De ahí que todo cuanto de valioso se ha construido en este mundo se haya realizado sobre la idea del deber, antes que sobre un derecho abstracto que en el fondo no es sino la manera sibilina de exigencia sistemática a los demás mucho antes que a uno mismo.

Crónica da presentación en A Coruña da revista IdentidaD

Crónica da presentación en A Coruña da revista IdentidaD

O 24 de Maio, no hotel Zenit en A Coruña, apresentou-se a revista IdentidaD, rodeada de polémica. A sala encheu-se de xente, cumprindo as espectativas dado o interese e a demanda dos amigos de IdentidaD .

O acto foi realizado sen incidencias, dado algunha que outra ameaza infantíl dalgún grupiño da extrema esquerda. O xornal "La Opinión de A Coruña" realizou unha entrevista ao director da revista, Enrique Ravello, que publicou-se o venres 23. Calificaron a revista de "neonazi", término que por ser non acorde coa liña da revista, foi denunciado legalmente. O domingo 25 o xornal "La Voz de Galicia", acorde à sua liña farisaica, dixo que a polícia foi a vixilar o acto, cousa totalmente incerta. Non houbo polícia visíbel por nengures. De novo a prensa escrita fica lonxe da realidade, é dicer, enganan ao seu leitor.

As medidas de caracter legal en aviso à prensa anteriormente citada, foron tramitadas. 

A difamación dalgúns medios de comunicación e  as ameazas de sectarios intolerantes, non son suficientes para calar a voz dun sentir cada vez mais xeral na sociedade.  Como Don Quixote podemos nestos momentos decir que...."Ladran, daquela cabalgamos"  

Grazas a todos os asistentes ao acto pola sua colaboración.  

Revista TIERRA y PUEBLO.

Revista TIERRA y PUEBLO.

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El Dharma, por René Guénon

El Dharma, por René Guénon

A montanha sagrada Kailash, "omphalos" para hindues e budistas. 

La palabra Dharma parece ser uno de los términos sánscritos que más enredan a los traductores, y no sin razón, pues, de hecho, presenta múltiples sentidos, y es ciertamente imposible traducirla siempre uniformemente por una misma palabra en otra lengua; quizás vale más muchas veces conservarla pura y simplemente, a condición de explicarla con un comentario. Gualtherus H. Mees, que ha dedicado a este asunto un libro aparecido recientemente (1), y que, aunque limitándose casi exclusivamente al punto de vista social, da muestras de mayor comprehensión al respecto de la que se encuentra en la mayor parte de los Occidentales, señala muy justamente que, si hay en ese término cierta indeterminación, esta no es en absoluto sinónimo de vaguedad, pues no prueba que las concepciones de los antiguos hayan estado faltas de claridad ni que ellos no hayan sabido distinguir los diferentes aspectos de aquello de que se trata; esa pretendida vaguedad, de la que se podrían encontrar muchos ejemplos, indica sobre todo que el pensamiento de los antiguos estaba mucho menos limitado que el de los modernos, y que, en lugar de ser analítico como éste, era esencialmente sintético. Subsiste aún, por otra parte, algo de esta indeterminación en un término como el de "ley", por ejemplo, que encierra también sentidos muy diferentes unos de otros; y esta palabra "ley" es precisamente, con la de "orden", una de las que, en muchos casos, pueden traducir lo menos imperfectamente posible la idea de dharma.

Se sabe que dharma es derivado de la raíz dhri, que significa portar, soportar, sostener, mantener (2); se trata pues propiamente de un principio de conservación de los seres, y por lo tanto de estabilidad, al menos mientras ésta es compatible con las condiciones de la manifestación, pues todas las aplicaciones del dharma se relacionan siempre con el mundo manifestado. Tampoco es posible admitir, como el autor parece estar dispuesto a hacer, que ese término pueda ser más o menos un sustituto de Atmâ, con la única diferencia de que sería "dinámico" en lugar de ser "estático"; Atmâ es no manifestado, luego inmutable; y dharma es una expresión suya, si se quiere, en el sentido de que refleja la inmutabilidad principial en el orden de la manifestación; no es "dinámico" sino en la medida en que manifestación implica necesariamente "devenir", pero es lo que hace que este "devenir" no sea puro cambio, lo que mantiene siempre a través del cambio mismo, cierta estabilidad relativa. Por otro lado, es importante destacar, a este respecto, que la raíz dhri es casi idéntica, como forma y en cuanto a su sentido, a la raíz dhru, de la cual deriva la palabra dhruva que designa al "polo"; efectivamente, es a la idea de "polo" o de "eje" del mundo manifestado a la que conviene referirse si se quiere comprender verdaderamente la noción del dharma: es lo que permanece invariable en el centro de las revoluciones de todas las cosas, y que regula el curso del cambio por cuanto no participa en él. No hay que olvidar que, por el carácter sintético del pensamiento que él expresa, el lenguaje está aquí mucho más ligado al simbolismo que en las lenguas modernas, y que es además de éste del que obtiene esta multiplicidad de sentidos de la que hablamos en todo momento; y quizás se podría incluso mostrar que la concepción del dharma se relaciona bastante directamente con la representación simbólica del "eje" por la figura del "Arbol del Mundo".

Por otro lado, Mees señala con razón el parentesco de la noción de dharma con la de rita, que tiene etimológicamente la misma significación de "rectitud" (del mismo modo que el Te de la tradición extremo-oriental, que está también muy próximo al dharma), lo que nos recuerda, evidentemente, la idea del "eje", que es la de una dirección constante e invariable. Al mismo tiempo, este término "rita", es idéntico a la palabra "rito", y podría decirse, en efecto, que este último, al menos en su origen, designa todo lo que se ha cumplido conforme al orden; no toma una acepción más restringida sino tras la degeneración que da lugar a una actividad "profana", en el dominio que sea. Hace falta entender bien que el rito conserva siempre el mismo carácter, y que es la actividad no ritual la que se desvía en cierto modo: Todo lo que no es más que "convención" o "costumbre", sin ninguna razón profunda, no existía originariamente; y el rito, considerado tradicionalmente, no tiene ninguna relación con todo eso, que nunca puede ser sino caricatura o parodia. Pero todavía hay algo más: cuando hablamos aquí de conformidad al orden, no hay que entender por ello solamente el orden humano, sino también, e incluso antes que nada, el orden cósmico; en toda concepción tradicional, en efecto, hay siempre una estricta correspondencia entre uno y otro, y es precisamente el rito el que mantiene sus relaciones de manera consciente, implicando en cierto modo una colaboración del hombre, en la esfera donde se ejerce su actividad, con el orden cósmico mismo.

Igualmente, la noción de dharma no está limitada al hombre, sino que se extiende a todos los seres y a todos sus estados de manifestación, es por lo que una concepción únicamente social no podría ser suficiente para permitir comprenderla a fondo: ésta no es más que una aplicación particular, que jamás debe ser separada de la "ley" o "norma" primordial y universal de la que no es sino la traducción en modo específicamente humano. Sin duda, se puede hablar del dharma propio de cada ser (swadharma) o de cada grupo de seres, tal como una colectividad humana por ejemplo; pero esto no es a decir verdad más que una particularización del dharma con relación a las condiciones especiales de ese ser o de ese grupo, cuya naturaleza y constitución son forzosamente análogas a las del conjunto del que forma parte, ya sea este conjunto cierto estado de existencia o incluso la manifestación entera, pues la analogía se aplica siempre a todos los niveles y a todos los grados. Se ve que estamos aquí muy lejos de una concepción "moral": si una idea como la de "justicia" conviene a veces para traducir el sentido de dharma, ello no es sino en tanto que se trata de una expresión humana del equilibrio o de la armonía, es decir, de uno de los aspectos del mantenimiento de la estabilidad cósmica. Con mayor razón, una idea de "virtud" no puede aplicarse aquí sino en la medida en que ella indica que las acciones de un ser son conformes a su naturaleza propia, y por ello mismo, al orden total que tiene su reflejo o su imagen en la naturaleza de cada uno. Igualmente aún, si se considera una colectividad humana y no ya una individualidad aislada, la idea de la "legislación" no entra en la de dharma sino porque esta legislación debe ser normalmente una adaptación del orden cósmico al medio social; y este carácter es particularmente visible en lo que concierne a la constitución de las castas, como veremos en un próximo artículo. Así se explican en suma todas las significaciones secundarias de la palabra dharma; y no hay dificultad más que cuando se quiere considerarlas aparte y sin ver cómo ellas son derivadas de un principio común, que es, podría decirse, como la unidad fundamental a la cual se remite su multiplicidad (3).

Antes de terminar esta apreciación, debemos todavía, para situar más exactamente la noción de dharma, indicar el lugar que ocupa entre los fines que las Escrituras tradicionales hindúes asignan a la vida humana. Estos fines son en número de cuatro, y son enumerados así en un orden jerárquicamente ascendente: artha, kâma, dharma, moksha: este último, es decir, la "Liberación", es el único fin supremo y, estando más allá del dominio de la manifestación, es de un orden enteramente diferente de los otros tres y sin medida común con éstos, como lo absoluto no tiene medida común con lo relativo. En cuanto a los tres primeros fines, que se relacionan todos con lo manifestado, artha comprende el conjunto de los bienes de orden corporal; kâma es el deseo, cuya satisfacción constituye el bien de orden psíquico; siendo dharma superior a éste, hay que considerar su realización como dependiendo propiamente del orden espiritual, lo que concuerda en efecto con el carácter de universalidad que le hemos reconocido. Es evidente, sin embargo, que todos esos fines, y comprendido el dharma mismo, no siendo siempre más que contingentes como la manifestación fuera de la cual no podrían ser considerados, no pueden nunca estar más que subordinados con relación al fin supremo, frente al cual no son en suma más que simples medios. Cada uno de esos mismos fines está además subordinado a los que le son superiores aun permaneciendo todavía relativos; pero, cuando son los únicos enumerados con exclusión de moksha, es que se trata de un punto de vista limitado a la consideración de lo manifestado, es solamente así como dharma puede aparecer a veces como el fin más elevado que se proponga al hombre. Veremos además a continuación que estos fines están más particularmente en correspondencia respectiva con los diferentes varnas (4); y podemos decir desde ahora que esta correspondencia reposa esencialmente sobre la teoría de los tres gunas, lo que muestra bien que, aquí aún, el orden humano aparece como indisolublemente ligado al orden cósmico todo entero.

 

NOTAS:

 

(1). Dharma and Society (N.V. Service, The Hague; Luzac and Co. , Londres. La mayor parte del libro concierne más especialmente a la cuestión de los varnas o castas, pero este punto de vista merece por sí sólo ser objeto de otro artículo.

(2). Como quiera que diga el autor, una raíz común con la palabra "forma" nos parece poco verosímil y, en todo caso, no vemos bien qué consecuencias se podrían sacar de ello.

(3). Es fácil comprender también que la aplicación social del dharma se traduce siempre, si se quiere emplear el lenguaje moderno, como "deber" y no como "derecho"; el dharma propio de un ser no puede evidentemente expresarse más que por lo que debe hacer él mismo, y no por lo que otros deben hacer a su respecto, y que se desprende naturalmente del dharma de los otros seres.

(4). Véase el capítulo siguiente.

Texto recopilado en Etudes sur l´Hindouisme.

O nº7 da revista IDENTIDAD, está á venda

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