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El deber, una vieja idea que todos quieren olvidar, por E. Arroyo

El deber, una vieja idea que todos quieren olvidar, por E. Arroyo

Se habla tanto de "ética" y de "principios" en los mentideros de los políticos que las dos palabras han perdido por igual su gravedad y su calado. Sin embargo, casi nadie objetará a la afirmación de que no por ello debe dejar de hablarse de ética o de principios. Algo similar sucede con el "deber", una palabra que parece relegada a los discursos funcionariales de la Pascua Militar o, en el peor de los casos, a la sempiterna monserga del politicastro de turno.

Pese a ello, la idea del deber –o mejor la idea de que hay que cumplir con el deber- puede constituir un buen comienzo para iniciar una regeneración del hombre capaz de alterar el estado de cosas existente, ya que seria ingenuo pensar que ese estado de cosas puede modificarse desde las puras normas de la burocracia estatal o partidista. Así, el deber tiene una primera acepción en el sentido de "deuda". Efectivamente, y aunque casi nadie repare en ello, cuanto tenemos lo debemos en un grado u otro a los que nos precedieron. Solo el hombre moderno, cegado por un individualismo irrespirable, ha llegado a pensar que no debe nada a nadie. De esta presunción surge la apología del "mérito" y del "esfuerzo", absolutizados en el olimpo liberal, como simples coartadas para encerrar más y más al hombre en su egoísmo. Por el contrario, a veces se hace difícil comprender la cantidad de ideas y esquemas mentales que manejamos heredados del pasado, de la experiencia acumulada de las generaciones que nos precedieron. Más difícil aún es comprender el estado de regresión y barbarie en el que entraríamos de prescindir de ese tesoro de sabiduría: la lengua, la cultura, incluso la misma estructura social en la que vivimos provienen todas de aquellos que se dejaron la piel por que el futuro fuera mejor.

Otra acepción del "deber" recae en la obligatoriedad de lo que sin más nos obliga a comportarnos de una determinada manera. Es el origen de la ética que, desde hace trescientos años, el hombre occidental moderno pugna por asentar sobre la propia racionalidad que reniega de la Trascendencia. Para nuestra desgracia, la historia demuestra que resulta sobremanera difícil anclar la ética en la mera prestidigitación racionalista de silogismos, tal y como revela la lucha incesante por fundamentar la ética en la inmanencia del aquí y del ahora.

Dentro de esta segunda acepción, el deber obliga primero a cada uno en su esfera más íntima -porque el deber de cara a la galería no es autentico deber-, y nos obligan en todo cuando somos y hacemos: desde nuestro "yo" más interior, limando asperezas y errores de nuestra personalidad, hasta la vida social donde el hombre tiene como objeto primordial servir a la terna platónica de la belleza, la verdad y la justicia. En las dos dimensiones el hombre se sirve a sí mismo sirviendo a lo que le trasciende e, inversamente, incurre en la esclavitud cuando da rienda suelta al puro deseo sobre objetos contingentes. A este respecto, el trabajo del desaparecido Gonzalo Fernández de la Mora, Sobre la felicidad (Nobel, 2001), demostraba que en multitud de culturas y a lo largo de todas las épocas, ha sido constante la creencia de que la felicidad siempre está ligada a la renuncia a uno mismo. Dicho de otra manera, el hombre es o será feliz cuando cumple con su deber para con sí mismo y para con el orden del mundo.

En palabras de Baltasar Gracián, lo bueno y lo justo son conceptos eternos que se remontan sin más a la noche de los tiempos y por eso en todo momento, hombres de muy diferente condición y en circunstancias incluso opuestas a las actuales, han defendido lo bueno por sentido del deber. Incluso al margen del éxito momentáneo, combatir y esforzarse por el bien y la justicia han aportado al hombre un sentido para con una vida que, sin ellos, quedaría absolutamente vacía. Esta es la razón por la cual solo podemos estar en deuda con lo bueno que hemos heredado del pasado y solo puede obligarnos en el presente aquello que de positivo nos han legado los que nos precedieron. Por lo tanto, el deber como "deuda" y el deber como "norma" que obliga, son dos modos de expresar que aquellas cosas a las que el hombre tiene que servir se proyectan a través de los tiempos, en el curso de las generaciones. Cada generación está en deuda con la anterior y se debe a ella. Debe tomar lo mejor de aquella para proyectarlo hacia el futuro y, si no es así, la comunidad muere.

En estas circunstancias, resulta imprescindible para el hombre interrogar a la tradición para dotar a su vida de un sentido. Frente al hombre moderno, esclavizado por deseos efímeros y desensibilizado por una oferta incesante -agobiante y prescindible-, de posibilidades nuevas, el hombre libre toma posesión de su vida –y por ende gana su libertad- cuando descubre el sentido de cuanto acontece, en conexión con aquellos a los que tanto debemos. Paradójicamente para el hombre de hoy, la conciencia del propio deber es el presupuesto ineludible de la libertad y supone una revalorización del principio de autoridad hoy tan denostado por trescientos años de Ilustración y pensamiento supuestamente "emancipatorio". En palabras de Hans Gadamer (Verdad y método, Sígueme, 1977), "la autoridad de las personas no tiene su fundamento último en un acto de sumisión y de abdicación de la razón, sino en un acto de reconocimiento y de conocimiento; se reconoce que el otro está por encima de uno en juicio y perspectiva, y que en consecuencia, su juicio es preferente o tiene primacía respecto al propio. Esta autoridad no se otorga, sino que se adquiere, y tiene que ser adquirida si se quiere apelar a ella. Reposa sobre el reconocimiento y, en consecuencia, sobre una acción de la razón misma que, haciéndose cargo de sus propios límites, atribuye al otro una perspectiva más acertada. Este sentido rectamente entendido de autoridad no tiene nada que ver con una obediencia ciega".

El reconocimiento de la autoridad en sí, como principio liberador, en vez de la falacia del pensamiento crítico individualista, cierra el círculo que se extiende desde la pregunta por el deber, pasando por el bien, la justicia y la belleza, hasta culminar en la liberación del hombre capaz de alcanzar ya una vida dotada de sentido.

De ahí que todo cuanto de valioso se ha construido en este mundo se haya realizado sobre la idea del deber, antes que sobre un derecho abstracto que en el fondo no es sino la manera sibilina de exigencia sistemática a los demás mucho antes que a uno mismo.

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