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LOS ENEMIGOS DEL BOSQUE SON NUESTROS ENEMIGOS

LOS ENEMIGOS DEL BOSQUE SON NUESTROS ENEMIGOS

Por Pierre Vial A 25 de Agosto de 2006 (Aniversario de la muerte de Nietzsche)

 Este Verano, en Europa, regiones enteras, particularmente en España, en Portugal, en Grecia, han sido arrasadas por diversos incendios monstruosos. Ha sido particularmente herida de muerte Galicia, vieja tierra céltica en la que desemboca el ancestral Camino de las Estrellas (llamado por algunos Camino de Compostela, nombre que significa «el campo de las estrellas») y que reivindica con orgullo su identidad, entre otras, al enviar año tras año, para representarla, a sus músicos y sus danzantes al Festival Intercéltico de Lorient. La incuria de las autoridades regionales pero también la criminal negligencia de las autoridades madrileñas han sido trágicamente puestas en evidencia: Bomberos muy poco numerosos e insuficientemente formados, materiales en desuso, obsoletos, incapaces de resultar eficaces ante unos incendios gigantes. Incendios que, en su mayoría, han tenido un origen criminal. Han sido provocados, instruidos por crápulas que, para obtener enormes beneficios a través de operaciones inmobiliarias, no dudan lo más mínimo en transformar vastos y bellos bosques en desiertos de cenizas, parecidos a superficies lunares, siendo la flora y la fauna aniquiladas sin vacilar en nombre del dios don dinero. Tales gentes –ejecutores y todavía mucho más instructores– son criminales que, en cualquier Estado normalmente constituido, deberían ser sancionados con la única pena que se adapta a su crimen: La pena de muerte. Al atacar al bosque, esos criminales han destruido a una fuente de vida irreemplazable, constituyendo el bosque un biotopo indispensable para el equilibrio natural. En claro, el bosque es una apuesta de supervivencia para todo cuanto vive sobre la tierra, de la vegetación a los animales (incluyendo, entre ellos, a esos animales a los que llamamos hombres). De ahí que la destrucción, siempre con fines mercantiles, de gigantescas superficies forestales, en todos los continentes, bajo pretexto de necesidades industriales (pasta de papel, madera para la construcción, para la industria del mueble, etc...), resulta también tan criminal como los incendios provocados. Si en los intereses financieros encontramos la explicación para muchas cosas, no siempre encontramos la explicación para todo. Puesto que el bosque es, en sí mismo, portador de una concepción del mundo, de culturas y de civilizaciones que son, sencillamente, las nuestras. En el Siglo XIX Ernest Renan oponía, en la historia de la humanidad, a pueblos de los bosques –nosotros– y pueblos del desierto –nuestros enemigos, desde siempre–. Hoy, este criterio resulta más válido que nunca. Nos reenvía a una lucha ideológica plurimilenaria: Cuando los monjes, en la Edad Media, justificaban los desmontes, explicaban que se trataba de una obra pía puesto que todo retroceso del bosque es un retroceso del diablo (es decir, de los viejos dioses paganos, en virtud de lo apuntado por la neurosis cristiana, puesto que las creencias ancestrales de los europeos, perseguidas por los zelotes cristianos, se habían refugiado en el corazón de los bosques, bajo la protección de gente a la que podríamos llamar Hermanos y Hermanas del Bosque –o encantadores, brujas o hadas, como se quiera–). Hoy, el deber imperioso de los buenos europeos es el de movilizarse para velar por nuestros bosques. Muy en concreto, voluntarios prestos a ayudar al repoblamiento forestal de las regiones de Europa martirizadas durante estos últimos meses serían muy bienvenidos.

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