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La epopeya del bosque, por Paulino Arguijo de Estremera

La epopeya del bosque, por Paulino Arguijo de Estremera

Rematamos con este artigo, unha triloxía de moito interese sobre o fabuloso mundo da árvore e  das fragas, xunto cós anteriormente publicados neste blogue- "El árbol en la cultura europea" de J.C. Arroyo e "El árbol y el bosque: significados y símbolos dentro del mundo indoeuropeo" de Federico Traspedra.    

La exaltación del bosque no pone de relieve la antítesis ciudad-campo, sino el principio de “un espacio marginal” frente al mundo de la sociedad organizada, ya sea ésta la ciudad, el castillo, la iglesia o la aldea. El bosque se manifiesta como lo propiamente salvaje, el caos sacral originario, frente al orden construido, cultivado y habitado por el hombre civilizado.

El historiador inglés Arnold J. Toynbee decía que, "la Historia, como el drama y la novela, es hija de la mitología.  Es una for­ma particular de comprensión y de expre­sión, donde -igual que en los cuentos de hadas de los niños y en los sueños propios de los adultos sofisticados- no está trazada la línea de demarcación entre lo real y lo imaginario".  Se ha dicho, por ejemplo, de La llíada, que el que empren­de su lectura como relato histórico halla en seguida la ficción, y que aquél que, por el contrario, la lee co­mo leyenda, halla la historia.

Desde este punto de vista, todos los libros de histo­ria se parecen a La Ilíada, ya que ninguno de ellos puede eliminar enteramente la ficción.  El simple he­cho de escoger, separar y presentar los hechos consti­tuye una técnica que pertenece al dominio de ésta... ".
En el año 407 las legiones romanas evacuaban la provincia de Britania, que comprendía la parte me­ridional de Inglaterra.  La Britania quedó entonces cortada de Roma por una doble causa: la ocupación de las Galias por tribus germánicas -la Galia era el camino entre la Britania y Roma-, y las invasiones de saxos, anglos y jutos en Inglaterra. El rey británi­co Vortigern los había llamado para que le ayudaran a contener la invasión de los furiosos pictos de Esco­cia y de los piratas irlandeses; pero los aliados no sa­lieron más de Inglaterra.

Entramos entonces en la era de las leyendas que si­guió a la era de la luz y el positivismo romanos en In­glaterra.  Con Arturo, que fue ante todo un héroe cristiano, el santuario de Avalón (la actual Glaston­bury) se convirtió en centro de un ciclo de leyendas y de poemas que trascendió a Europa.  La fraternidad de los caballeros de Arturo, que se congregaban alre­dedor de la tabla redonda para contemplar el Santo Grial en recompensa a sus nobles virtudes, fue sím­bolo y modelo de la universal caballería.  Y el cáliz sagrado, oculto entre la niebla, que se revelaba sólo a los ojos inocentes, fue sueño y anhelo oculto de la caballería cristiana medieval, su más acendrada espe­ranza, aunque no pasara de ser una leyenda céltico-­cristiana.   Muchas de aquellas historias de santos y de héroes, de duendes y de magos, se tejieron y destejie­ron con el correr de los años en los nuevos reinos europeos.   Las leyendas de los santos marcan una épo­ca, un episodio importante en la historia de Occiden­te, porque fueron como la esencia de la poderosa sín­tesis que se estaba preparando entonces en Europa. Y el nuevo sentimiento de Dios, que despertaba en el alma de aquellos pueblos recién convertidos, hallaba su expresión más diáfana en el terror cósmico y, al mismo tiempo, en el profundo anhelo de luz y de trascendencia que hay en esas imágenes de ánge­les y de santos, de héroes esforzados y de luminosas visitas de seres celestiales.

Chesterton compara al hombre de entonces con el viajero "que deja tras sí ciudades libres, campos li­bres, y se va internando en un bosque". Y la idea del bosque despertaba inquietud entre los contemporá­neos, no sólo porque los campos incultos ganaban te­rreno al agro romano y la feraz vegetación de Euro­pa comenzaba a borrar las calzadas y cercaba las vi­llas y ciudades, abriéndose paso entre aquellas cons­trucciones antiguas, que asomaban a veces como blancas osamentas entre la fronda, sino porque suge­ría algo que se fue evidenciando a medida que el or­den romano decaía: el sueño de la razón.

 

Era de antirrazón y leyendas cristianas

El bosque se había convertido en habitácu­lo de duendes y la tierra en "un laberinto de ciudades maravillosas, desconocidas pa­ra la Historia".  El hombre se encontró con que no sabía ciertamente en qué mundo vivía. "Pero recuérdese que a esta era de la magia había precedido la era de la razón". Y Roma aparecía como la única representación tangible de aquella herencia clásica, la única antorcha que alumbraba en aquella noche de los tiempos, y a la que el hombre cuerdo debía mirar para no ser traga­do por un mundo que se había vuelto loco.

"Un hecho fundamental gobierna toda la época -según refiere Chesterton-, y el penetrarlo no es imposible para un hombre de hoy, con sólo invertir su pensamiento.  Hay en la mente moderna una aso­ciación íntima entre las ideas de libertad y de futuro. De toda nuestra cultura surge la noción de que han de venir mejores días. Y los hombres de las edades bárbaras estaban convencidos de que se habían ido los días felices.  Creían ver la luz hacia atrás, y hacia adelante adivinaban la sombra de nuevos daños. Nuestra época ha presenciado la lucha entre la fe y la esperanza, que acaso debe ser resuelta por la caridad. Y en cambio la situación de aquellos hombres era tal, que esperaban, si vale decirlo, del pasado. Las mismas causas que hoy inducen a ser progresista, in­ducían entonces a ser conservador. Mientras más vi­vo se conservara el pasado, mayor posibilidad de vi­vir la vida justa y libre; mientras más se, dejara entrar el futuro, más ignorancia y más privilegios injustos habría que sufrir".

De ahí que la Iglesia estuviera destinada a repre­sentar un papel de primera importancia en aquel si­glo, en que se difuminaban y se perdían los contor­nos del Mundo Antiguo. "Porque el Papa era todo lo que había quedado del Imperio". Y el mundo se afe­rró entonces a lo único que había permanecido en pie en medio del caos.

Cuando cae el Imperio Romano, caen las ciudades y la razón. Se diluye la frontera entre la historia y la ficción, entre realidad y mito. Comienza una “era de leyendas” en que santos y sabios, caballeros y eremitas se retiran al bosque como lugar sagrado. Sus vidas se consgran a la penitencia, al misticismo, a la contemplación de Dios. En esta atmósfera se fraguará la simbiosis entre la herencia de la Europa Antigua y el ideal de trascendencia cristiana.

Aquellos embajadores de Roma, que se adentraban en los bosques por oscuros vericuetos o avanzaban por senderos de montaña, en medio de una geografía incierta, hasta aquellas aldeas perdidas, pron­to habrían de reconocer que "aunque en aquel hom­bre crepitaba un salvaje fuego terrestre, nada en él era innoble" y "que aquella alma brutal no carecía de virtud, pues también se inflamaba, y de una mane­ra que ya no se estila en las ciudades, por la causa del bien".

Había empero otro rasgo de la naturaleza de aque­lla alma, que desconcertaría no poco a los heraldos de los Papas.   No era otro que aquel sentimiento de antirrazón de que ya hemos hablado.   Según se desdi­bujaba la geometría clásica del mundo romano, bajo la salvaje vegetación de Europa, una muchedumbre de duendes, gigantes, fantasmas, trasgos... poblaba los montes y los prados.  El hombre se encontraba perdido en un fantástico laberinto.  Era como si, efec­tivamente, aquellos héroes de leyenda, de que daban cuenta los romances antiguos, combatieran en medio de encantamientos salvajes. "Asistimos a una des­humanización del universo que se encamina hacia un universo animalista poblado de monstruos o anima­les, hacía un universo mineralógico, vegetal". Si hay una época en que se confunde la historia con la le­yenda es ésta. Todo parece que se hubiera disuelto al final en una densa bruma, donde no fuera fácil des­lindar dónde empieza la fábula y dónde la realidad.

De aquella época histórica nuestra, la más primiti­va y la menos conocida, son sin embargo las más be­llas leyendas cristianas, que la fantasía popular tejió al hilo de las narraciones evangélicas; como aquella del Santo Grial, el cáliz bendito que José de Arima­tea llevó con la sangre de Cristo en peregrinación hasta las lejanas islas occidentales. En una de tantas versiones que se han hecho de la leyenda —"Quest del Saint Graal”—, Galaaz, hijo de Lancelot y Elaine, es educado por su madre y es conducido a la corte de Artús por un anciano vestido de blanco y pasa la prueba del Asiento Peligroso. Gallaz, en compañía de Perceval y Boores, triunfa en la búsqueda del Grial cuando llega a Cobernic, al castillo del Rey Tullido, en donde encuentra el cáliz sagrado. En la misa que celebra el obispo Josefés, hijo de José de Arimatea, Cristo crucificado sale del Grial y admi­nistra el sacramento de la Comunión. Galaaz toma la lanza de Longinos y cura al Rey Tullido al tocarle con la sangre que gotea de ella. Después, en el país de Sarrás, Galaaz, tras haber contemplado abierta­mente el misterio del vaso sagrado, muere en éxtasis y el Grial desaparece del mundo.  Perceval le sigue a la tumba un año después y Boores vuelve a la corte a contar lo sucedido.

 

Síntesis cristiano-pagana

En todas esas manifestaciones, fruto de una época en que lo maravilloso ejerció en los espíritus evidentes seducciones, hay una leyenda que hunde su raíz en un suelo pre­cristiano, pero que no es posible separar de la piedad popular de entonces. Lo so­brenatural y lo milagroso que son propios del cristia­nismo, se funden con lo maravilloso, en ese crisol cultural en el que se precipitan las creencias, las le­yendas, las hagiografías de los santos, y hasta las su­persticiones.

Todavía los Santos Padres de la iglesia, en la últi­ma etapa de la Edad Antigua, habían buscado en la filosofía clásica, argumentos para apoyar verdades de origen sobrenatural.  Pero éstos viven en un mun­do encantado en que la religión también tiene su lu­gar y no necesitan otros razonamientos. Hay ahí una sociedad agreste, intuitiva, en que las historias de sus héroes mitológicos se entretejen con las leyendas de los santos.  Si fue aquello una noche, lo fue más porque se acercaba a la aurora que al crepúsculo.

El hombre de la Edad Bárbara vive de continuo trasponiendo ese velo sutil que, casi imperceptible­mente, separa las cosas visibles de las invisibles. Lo peculiar de este período no fue tanto el reconoci­miento de las inevitables imperfecciones de su pro­pio mundo, cuanto la manera admirable como las asumió y reaccionó ante ellas.  Aquellos hombres no intentaban cambiar las cosas, ni tampoco se entregaban a un estoico fatalismo; simplemente miraban al mundo de la manera imaginativa y candoroso con que suelen hacerlo los niños. Vivían tan entregados a sus ensoñaciones, que apenas se daban cuenta del mal que les rodeaba. Sus espíritus de fuego conse­guían traspasar la materialidad de las cosas y, a tra­vés de ellas, contemplaban miríadas de ángeles y de santos.

Entre los celtas, el más célebre de aquellos monjes viajeros, Columbano (540-615) vive una auténtica odisea.   Columbano se lanza al mar desde la costa ir­landesa hacia el continente. De la Armórica pasa a la Galia. El rey burgundio Gontran lo invita a estable­cerse en Annegray, en los Vosgos. Jonás de Bobbio dice en la biografía que escribe del santo (640), que aquel paraje le gusta, pues se encuentra en medio de un bosque, es "un vasto desierto, una áspera soledad, un terreno rocoso".  Columbano debe no obstante abandonar Annegray y el monasterio vecino de Lu­xeuii proscrito por el rey Teodorico II, instigado por su malvada abuela Brunebaut. Después de haber errado largo tiempo, el anciano anacoreta llega a la Italia septentrional (613). Allí encuentra un lugar solitario en el bosque, Bobbio, donde trabaja como leñador y en la construcción del nuevo monasterio.

Para los eremitas occidentales será con preferencia el bosque, el lugar donde se retiren en soledad. Los eremitas insulares y marítimos constituirán una franja marginal, en este mundo templado, que, desde 500 a 1200 aproximadamente conoce una fase climá­tica favorable y, por tanto, un "retorno ofensivo de la selva". Entre esos bosques que entonces cercan Europa, como si se tratara del castillo de Macbeth, se distingue el de las Ardenas, "la selva por excelencia’ desde los tiempos celtas.  En esos bosques inmensos, el eremita de Occidente encuentra, como su homóni­mo de Oriente lo ha encontrado en el desierto de Egipto, el espacio infinito que puede contener el amor sagrado, el fuego místico. En el Occidente me­dieval hay un movimiento visible de huída hacia esas solitarias florestas. Aunque se trata de un movi­miento constante, las oleadas adquieren mayor in­tensidad en ciertas épocas, del siglo IV al VII, debido a la decadencia general de las ciudades, y del siglo XI al siglo XII, como consecuencia, en cambio, del hastío que se registra entonces por la vida urbana.

En la "Vida de San Bernardo de Tirón" escrita por Godofredo el Gordo a principios del siglo XII, hay un texto hagiográfico, en que el autor describe "Las vastas soledades" (vastae solitudines) que se encuen­tran en los confines del Maine y de la Bretaña; como "un segundo Egipto" (quasi altera Aegyptus) pobla­das por una "multitud de anacoretas", entre ellos un eremita llamado Pedro, que se alimenta de los "tier­nos retoños de los árboles" y se había construido una "casita" con "cortezas de árboles". Allí lo encuentran San Bernardo y otros hermanos, muy ocupado en llenar su despensa. Pedro va con sus cestos "al bosque que rodeaba por todas partes su morada, arranca rá­pidamente arbustos de espinas y zarzas y recoge fru­tos de nogales y otros árboles silvestres", casualmen­te "en el bueco de un árbol encuentra un enjambre de abejas y cera y miel en cantidades tales que podía pensarse que esas riquezas salían del cuerno mismo de la abundancia".

En al cartulario de Sainte-Foy-de-Conques (1065), hay un acta en la que consta que una comunidad mo­nástica fue a establecerse a un lugar en que "no ha­bía ninguna habitación humana salvo la de los bandi­dos de los bosques". Y, en su autobiografía, Guibert de Nogent (principios del siglo XII) cuenta la histo­ria de Evrardo de Bretevil, vizconde de Chartres, que en 1073 deja la vida mundana en busca de la so­ledad y se refugia en un bosque donde subsiste ha­ciendo carbón de leña. "Los bosques te enseñarán más que los libros. Los árboles y las rocas te enseña­rán cosas que no aprenderás de los maestros de la ciencia’ ’ dice San Bernardo a los jóvenes escolares.  Y es probable que la primera de esas lecciones aprendi­das en el bosque fuera la renuncia, como indicaba un siglo antes Pedro Damiano (muerto en 1072) en un sermón: "Lo hemos abandonado todo, esas son pa­labras que llenaron los bosques de anacoretas".

 

El bosque: Refugio y Templo sagrado

Pero el sentido simbólico profundo del bos­que se manifiesta también en la creación artística y en las grandes obras de imagi­nación del Occidente medieval. Así, en los cantares de gesta, en particular el "Monia­ge Guillaume" del ciclo de Guillermo de Orange, el bosque aparece como el lugar poblado de anacoretas, ocultos bajo "el alto boscaje" o "en el fondo del bosque enramado". También la selva está presente en obras de fines del siglo XII, como en "Re­naud de Montauban’ ("Los cuatro  hijos de Aymon”), o en "Girard de Roussillon’, en que el héroe errante por el bosque pregunta a un ermitaño si sabe de al­gún sacerdote en las cercanías.  "No", es la respuesta del anacoreta, que reconoce no haber encontrado allí "ni siquiera a un clérigo". Y es que la selva es con todo un lugar marginal incluso para la Iglesia, cuan­to más en la era de barbarie a que se refieren esos cantares de gesta. Pero, sobre todo, en la literatura cortesana, el bosque adquiere todo su sentido simbó­lico y su papel en la intriga, en particular, en la in­triga amorosa. El bosque es entonces refugio de ena­morados, como en Tristán e Iseo, o en "Aucassin et Nicolette". En la novela de Bérout, "Tristán’, la per­manencia de los amantes, locos a causa del filtro, en el bosque de Morois, se sitúa entre dos diálogos con el eremita Ogrin, el mismo que guiará el retorno de Iseo a la corte del rey Marcos. En los trovadores, el tema de la huída de los amantes al bosque se convier­te en una visión idílica, en que la selva aparece como un paraíso terrestre.  "Quiero hacerme eremita en el bosque -declara Bernard Marti-, siempre que mi dama venga conmigo. Allí tendremos mantas de bo­jas, allí quiero vivir y morir, abandono así toda preo­cupación".

También el bosque sirve de refugio a un hombre salvaje o a un loco, como en Yvain o El Caballero del León de Chrétien de Troyes (1180), en que el caballero Yvain, rechazado por su mujer por no cumplir una promesa que le hizo, pierde la razón y huye al bosque, donde encuentra un asilo a su locura. "Ron­da por el bosque como un hombre delirante y salvaje basta que se encuentra una pequeña cabaña muy ba­ja. Allí vive un ermitaño que en ese momento está ocupado en desbrozar el terreno. Cuando el eremita descubre a aquel hombre desnudo, se da cuenta de que no está en su juicio y corre a refugiarse en su ca­sita. Pero movido por la caridad, el buen hombre co­ge pan y agua y los coloca afuera, junto a una estre­cha ventana".

Las más bellas leyendas cristianas no son hijas de Roma (la Razón), sino resultado de la fusión de los relatos evangélicos con los mitos del bosque céltico. El ciclo artúrico, la leyenda del Santo Grial, son ejemplos de ello.

En el "Conte du Graal" también de Chrétien de Troyes, Perceval “perdió a tal punto su memoria que ni siquiera se acuerda ya de Dios" y será un ermitaño oculto en el bosque, que resulta ser su tío, quien con­tribuirá a dar un giro decisivo a su aventura.  Una novela posterior de Chrétien de Troyes, "Li Estoire del Chevalier au Cisne" (La historia del Caballero del Cisne), exhibe el caso de un hombre primitivo y sal­vaje, al que la vida selvática ha cubierto incluso de vellosidad animal. Un eremita acoge a esa criatura del bosque, lo "cristianiza" y lo educa, al punto de convertirle en un auténtico caballero que ganará la gloria con sus gestas. En otra novela, que gozará de gran popularidad al final de la Edad Media, “Valentin et Orson" un hombre salvaje de la selva, Orson, aca­ba convirtiéndose él mismo en ermitaño.

Los bosques, en el Medioevo, son la morada de hombres santos, los ermitaños, pero también de de­monios. Aunque en Occidente la figura del demonio no menudea tanto como entre los relatos de los pa­dres de Egipto, no faltan alusiones. Euquerio se re­fiere al Enemigo que merodea en vano alrededor de la ermita como un lobo alrededor del aprisco. En las hagiografías de los santos encontramos también ejemplos, como el del monje irlandés Ronán que se instala en Bretaña.  "Ronán se adentra en el desierto y llega al bosque de Nemet (o Nevet) en Cornouail­le".  Gracias a su virtud milagrosa consigue proteger a los vecinos de los lobos.  Pero eso suscita la cólera del demonio, que por intermedio de una campesina, la diabólica Keban, termina por expulsarlo del lu­gar.

Es el bosque para Occidente, lo que el desierto es para Egipto: un lugar apto para contener el amor sagrado, el fuego místico, el demonio y los demás seres que pueblan su mundo, como los duendes y las hadas.

En la literatura cortesana, el hombre salvaje apa­rece, ora, como una criatura inocente, de la clase que "comen raicillas; no conoce el vino ni ningún otro re­finamiento" como en la "Historia del Caballero del Cisne", ora, como un ser demoníaco.  En ocasiones, el bosque mismo se presenta como lugar de tentación y de prueba: es la selva "soutaine", la selva traidora, lugar de alucinaciones y de tormento, como sucede en "Perceval o el Cuento del Grial". Perceval, hijo de la "Dama de la Gaste Forét solitaire" y “criado salva­je” encuentra en el bosque su itinerario de inicia­ción y de prueba, de penitencia y de revelación.

En la novela de Chrétien de Troyes "Yvain o el Caballero del León", Yvain combate contra el "Mau­fe" (El Maligno) después de haber oído misa. El com­bate se libra en nombre de Dios, de Jesucristo, de la Virgen y de los Ángeles. Después encuentra el casti­llo de "Péme-Aventure" (la Peor Aventura), donde las muchachas cautivas viven condenadas al trabajo de la seda. En ese castillo hay también "dos hijos del diablo, y esto no es fábula, puesto que nacieron de -una mujer y de un Netun ". El héroe combate contra esos demonios "repugnantes y negros’, y reconquista la fuente sagrada, bajo un árbol maravilloso, a la que se asciende por una escalinata, custodiada por una capilla. Gracias a la intercesión de un eremita, Yvain recobra su condición humana, después de ha­ber librado al bosque del Maligno, y de haber reco­rrido él mismo su itinerario de prueba y de salva­ción.

El bosque es morada de ermitaños y de caballeros. Un paraíso o una prueba o ambas cosas a la vez.

En "Lohengrin’, Lothar, perdido en el bosque, se echa a dormir cerca de un manantial.  Al despertar encuentra a la bella Elioxe, de la que queda prenda­do al instante. Ella le profetiza que de su matrimo­nio tendrán un hijo del que surgirá la estirpe del fu­turo conquistador de Jerusalén, pero que ella morirá en el parto. Así sucede, y da a luz siete hijos mientras Lothar se encuentra en la guerra. Pero la perversa abuela de los niños, a cuyos cuidados quedan enco­mendados, ordena que sean abandonados en el bos­que y allí son socorridos por un ermitaño.

En el "Libre de I’orde de caballería’ de Ramón Llull, un escudero que se dirige a la corte del rey, donde ha de ser armado caballero junto con otros muchos, se extravía en el bosque. Encuentra al fin la celda de un ermitaño quien le revela, que él mismo, en otro tiempo, se había dedicado a las armas y a la caballería, antes de retirarse en soledad. Al conocer el propósito del escudero, decide instruirle en las obligaciones del estado al que está a punto de acce­der. Y a este fin, comienza a leerle un librito en el que se explica el significado de la caballería. Al final se lo regala para que lo lleve a la corte y lo enseñe también a sus compañeros de armas.

Un universo marginal

Siempre, en estos libros, el ermitaño, el caballero y el bosque aparecen enlazados por un invisible destino.  El bosque, en cuanto que se opone al "mundo" es decir a la sociedad organizada, constituye un espacio marginal, propicio a ese encuentro. En el Occidente medieval, en efecto, más que la oposición campo-ciudad, como se conoce en la antigüedad, "urbs-rus" de los romanos, con los desarrollos semán­ticos, "urbanidad-rusticidad" hay que buscar las di­ferenciación marcada por el bosque respecto del en­torno de la corte o el castillo: "el dualismo fundamental de cultura y naturaleza se expresa a través de la oposición entre lo que es construido, cultivado y habitado (ciudad, castillo, aldea) y lo que es propia­mente salvaje (mar, bosque, que son los equivalentes occidentales del desierto oriental), universo de los hombres en grupos y universo de la sociedad". En la misma medida en que el bosque es el paisaje propio de las leyendas de los santos occidentales, es el entor­no, la encrucijada de la literatura cortesana. Los ca­balleros de la Tabla Redonda se pierden en el bosque en busca de aventuras, como el ermitaño va allí en busca de soledad y santa contemplación.

“Los bosques te enseñarán más que los libros. Los árboles y las rocas te enseñarán cosas que no aprenderás de los maestros de la ciencia” (San Bernardo).

Hay un tercer personaje que entra en escena. Sir Lancelot encuentra en la selva un áspero refugio, al abrigo de las intrigas de Camelot.  Pero el rey mismo va de vez en cuando al bosque a dialogar con el ere­mita y a afianzar así su carácter sagrado y su legiti­midad. La sacralidad del bosque es una constante de esas aventuras, como el episodio de "el puente de cristal y la ermita" en "Pertesvaus”, en que un caballero encuentra en un bosque inmenso una ermita donde la pasión de Cristo vuelve a representarse visi­blemente. La conciencia de la sacralidad del bosque inspira tantas manifestaciones de la cultura de Occi­dente. No sólo la literatura, sino también las artes plásticas y la literatura consagran el bosque como un lugar privilegiado. El ideal "desértico" persiste a lo largo de toda la Edad Media, y es representado en la pintura, en la célebre "Tebaida’ del florentino Gerardo Starnina, entre otras obras. Pero es sobre todo en la arquitectura donde el bosque se manifestará en todo su simbolismo cristiano.  Sugero cuenta cómo para construir el armazón de la basílica de Saint ­Denis se adentra, desoyendo el consejo de todos, en el bosque de Yveline y cómo pasando a través "de so­tos, umbrías, breñas y zarzas espinosas" encuentra ár­boles bastante gruesos y grandes para hacer con ellos doce vigas. Y Oswaldo Spengler se refiere, en La De­cadencia de Occidente, a esa "impresión de selva" que producen las catedrales.   "El bosque infinito, soli­tario, crepuscular, ha sido siempre el anhelo oculto de todas formas arquitectónicas de Occidente".

La destrucción del bosque, de esos árboles admira­bles y casi paradisíacos que habían cobijado la santa contemplación del ermitaño y las aventuras del caba­llero, marca el fin de una época. El movimiento de tala y desmonte iniciado en el siglo X y que culmina en el XII, es el fin también de la "epopeya del bosque". El poeta normando Wace, en el "Roman de Rou"’ había evocado como algo remoto la fuente mágica representada por Chrétien de Troyes en el bosque de Bróceliande: "Pero no sé por qué razón allá solían ver hadas. Los bretones decían que las veían ya que había muchas otras cosas maravillosas, parques de azores y cantidades grandes de ciervos; pe­ro los aldeanos lo han dejado todo desierto.

Fui allí en busca de maravillas, vi la selva y vi la tierra, pero las maravillas que buscaba no las encon­tré. Loco me fui y loco regresé, loco fui allá y loco vol­ví.   Buscaba yo cosas que eran una locura y por loco me tengo".

 

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