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Democracia y Mundialización

Democracia y Mundialización

Uno de los tópicos más extendidos entre el pensamiento de izquierdas es que democracia y "globalización económica" son enemigos irreconciliables. Según esta tesis, la progresión del mercado global somete cada vez más a los ciudadanos a criterios estrictamente mercantiles cuya última instancia decisoria es la eficacia económica. Este planteamiento desemboca forzosamente en una reorganización de la sociedad conforme a criterios no democráticos, en los que la voluntad popular resulta usurpada por la mundialización. Semejante tesis ha calado hondo entre los intelectuales de izquierda de todo tipo, desde la ultraizquierda proterrorista y extraparlamentaria hasta la izquierda más moderada del ámbito socialdemócrata. La difusión de esta tesis desde la izquierda ha arrastrado a su vez al ala más populista de la derecha que no ve con buenos ojos ese extraño fenómeno al que todo el mundo denomina "globalización económica". El resultado es que una vez más nos encontramos con que partidos de derecha o de centro, o sectores de los mismos, se desenvuelven en la escena política con las categorías ideológicas de la izquierda.

Sin embargo ¿es verdadera la tesis planteada? Creemos que no. En realidad dicha tesis no es más que una ideología, en el sentido más peyorativo del término, destinada al consumo de masas, un simplismo harto discutible con el que la izquierda de siempre intenta alcanzar otra vez la hegemonía ideológica. Primeramente habría que determinar con precisión qué es mundialización y qué es democracia. En esta sección siempre hemos preferido el término "mundialización" al de "globalización" o al de "globalización económica" porque aquel refleja mucho mejor un proceso que es histórico e ideológico antes que económico. El economicismo marxista, que aún pervive encarnado en la "antiglobalización" oficial, es incapaz de percatarse de que la mundialización es un proceso que se da a múltiples niveles, todos ellos jerarquizados, uno de los cuales es el económico. Esta afirmación es tan evidente que, por su propio peso, los antiglobalización de Porto Alegre no han tenido más remedio que rendirse a la evidencia y asumir los aspectos ideológicos que les unen a la mundialización, para más tarde presentarse como reformistas de la misma y no como discrepantes o contradictores.

Por otro lado, ¿es realmente inocente la "democracia" en lo que respecta al nacimiento y creación de las estructuras transnacionales que han permitido el actual proceso de mundialización? ¿qué se entiende por "democracia"? En realidad ambas preguntas son similares. Para empezar, cualquier estudioso de la ciencia política sabe que el término "democracia" es vago y que ha sido empleado tanto por los comunistas que construyeron el muro de Berlín como por los gobiernos occidentales modernos. A fin de salvar este escollo, podemos suponer que por "democracia" se entiende aquel sistema regido por partidos políticos y sufragio universal. Puede que esta afirmación sea una simplificación excesiva pero también es cierto que no es muy distante del significado que manejan los medios de comunicación y los cronistas políticos de toda laya. En las democracias modernas, encontramos que el epicentro de la representación política y la encarnación de la voluntad popular es el partido político, una estructura que, para asegurar su éxito electoral, y por ende su supervivencia como sujeto activo, ha de concurrir a elecciones con una maquinaria electoral enormemente costosa y publicitada en los grandes foros de opinión construidos por los grandes cárteles de noticias.

Esta cualidad del partido político como único representante objetivo de la voluntad popular es además enormemente excluyente. A este respecto, obsérvese que en ningún país democrático se contempla otra representación ciudadana al margen de los partidos.

El doble resultado es que, por un lado, hoy por hoy, es imposible descender a la arena política sin un partido pertrechado con enormes sumas de dinero. Por otro lado, los partidos, tan solo por existir con éxito suficiente, son de alguna manera tributarios del mismo poder financiero e informativo que conforma la mundialización. A principios del siglo XXI es un hecho que la relación jerárquica entre instrumentos -o presuntos instrumentos- de representación de la voluntad popular y entidades transnacionales informativas y financieras es de abajo a arriba y no al revés.

Este dato pone en entredicho la afirmación de que mundialización y "democracia", tal y como hoy se entiende, son contradictorios. Este mismo dato implica además que los sostenedores de la tesis de partida han de batirse en retirada y retrotraer la democracia al campo de las utopías, en el que la verdadera práxis del ideal democrático emerge puro e inocente de toda culpa.

Semejante razonamiento sería un tema a investigar en otro artículo, pero de antemano podríamos decir que el reformismo de los "antiglobalización", el impulso que la mundialización recibe de los partidos occidentales al uso, y la evidente connivencia con la que en el occidente democrático se han ido construyendo las coberturas ideológicas y todas las estructuras transnacionales que hoy dan cuerpo a la mundialización, lleva a pensar que las democracias occidentales padecen hoy un proceso que han ayudado a construir desde el principio. Visto lo sucedido durante en el siglo XX, es muy razonable la sospecha de que la mundialización ha surgido de la democracia occidental como consumación lógica de ésta. Cualquier investigador de la génesis del proceso de mundialización debería manejar esta idea como hipótesis de partida para postular después que existen consideraciones de tipo ideológico por las que las sociedades demoliberales deberían acabar necesariamente en sociedades globales. De esto podríamos hablar en otra ocasión y escrutar los senderos por los que hemos llegado hasta la situación actual.

Por el momento puede avanzarse otra tesis, provocadora y sugerente a la vez: para constituir un verdadero movimiento antiglobalización es necesario rediseñar la actual democracia y abrir otros cauces de representación ciudadana al margen de los partidos políticos. Es muy posible que solo de esta manera pueda revitalizarse la sociedad civil y hacer que nuestros compatriotas vuelva a interesarse en la cosa política.

E.Arroyo

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