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La Islamización de Europa: Suiza dice NO a los minaretes

La Islamización de Europa: Suiza dice NO a los minaretes

Los suizos han rechazado en referéndum la construcción de minaretes musulmanes. Nadie negará que se trata de una decisión democrática, so pena que se niegue la legitimidad del Estado suizo como país así mismo democrático. Sin embargo, no deja de resultar chocante la reacción de toda la panoplia de periodistas, opinadotes, políticos e incluso clérigos. Para el vicesecretario de Comunicación del Partido Popular, Esteban González-Pons, resulta "gravísimo" que en Suiza se haya decidido por referéndum la prohibición de minaretes. Según Pons lo que ha ocurrido debe hacer reflexionar sobre cómo se percibe la religión musulmana y dice que "es gravísimo que en Suiza se haya adoptado esta decisión por referéndum". Pons añade: "Ahora bien, eso nos debe hacer reflexionar también a los europeos sobre el estado de la opinión pública respecto a la religión musulmana y sacar algunas conclusiones sobre algunas políticas que estamos llevando a cabo y que están presentes en nuestros discursos". Es decir, según el líder popular, todo se reduce a una cuestión de percepción y de marketing.

No es nada raro que el responsable de Comunicación de un partido que ha introducido en España a medio millón de musulmanes con sucesivas "regularizaciones" piense de esta manera. Para ellos, la nacionalidad, -es decir, la forma jurídica que establece quienes son miembros de un pueblo- es tan solo una cuestión burocrática, algo que puede adquirirse con aceptar nominalmente los valores dominantes en el preciso momento de la solicitud, en perfecta consonancia con el ideario de los liberales del planeta entero.

Lo que ya sorprende algo más es la actitud de la Iglesia. Así las cosas, el Vaticano ha lamentado el resultado del referéndum suizo y el presidente del Consejo Pontificio Pastoral para los Migrantes, Antonio María Veglio, ha afirmado que no se puede impedir la libertad religiosa. El abad de Covadonga, por su parte, ha declarado creer que "tanto las manifestaciones religiosas como los signos son libres".

Indudablemente, el abad puede creer lo que le plazca e incluso puede aducir, por ejemplo, su experiencia con un vecino marroquí que no nos cabe la menor duda de que puede ser muy buena persona porque gente excelente –lo mismo que gentuza- la hay en todas partes. Pero lo que los suizos han votado, constreñidos por los estrechos márgenes de una pregunta puesta por políticos y así mismo limitada por el terror de la policía del pensamiento de la izquierda global, es si querían o no ser islamizados, porque lo que temen en realidad los suizos es ser islamizados. Y es que, para que se enteren en el Vaticano y en Covadonga, la islamización es un proceso que siempre e invariablemente ha acompañado al Islam. No me cabe duda de que hay musulmanes con los que puedo compartir mucho. Jamás he ocultado que soy un firme defensor del pueblo palestino –tanto cristiano como musulmán- víctima de una injusticia histórica sin precedentes. Lamentablemente, estaré siempre mucho más cerca de un musulmán honrado de Irán o de Argelia, depositario de indudables valores espirituales, que del clásico burgués occidental al que solo importa el dinero, el sexo y la "buena vida". Pero da la casualidad de que mi país no es un país musulmán y, es más, como explica Julián Marías en su España inteligible, nuestro país se ha hecho en buena parte de su historia como contraposición al Islam, al igual que, en menor grado, el resto de Occidente.

Debe recordarse que a la caída del Imperio romano, había en el Norte de África más diócesis que en Italia y que todas fueron barridas a sangre y fuego por la ola islámica. Allá donde el Islam llega, con él llega el conflicto de una religión guerrera y militante, que cree que otras religiones son, de toda suerte, inferiores, y que el Islam, como cierre de la profecía, no es "una" religión, sino "la" religión. No es de extrañar que el Islam haya construido sus mezquitas en sitios donde ya otras religiones profesaban su culto, generando en ocasiones situaciones terribles, como es el caso del norte de la India. El Islam, por su parte, comporta una arabización que se externaliza incluso en detalles como la adopción de un nombre árabe por parte de los conversos y que impide al converso la marcha atrás respecto de la decisión tomada. Por último, a nadie se le pasa el hecho comprobable de la ausencia de reciprocidad absoluta en el apostolado, rayana en el cinismo, que demanda libertad de culto cuando en su propia tierra niegan –no todos los países en la misma medida, es verdad, pero sí en todos- esa libertad de culto.

Frente a estos hechos comprobables, tanto el neosovietismo reciclado como el liberalismo fanático creen que todas las religiones son iguales –para los primeros, igualmente prescindibles y exterminables en algunos casos- y que es solo un "derecho" ciudadano más. Sin embargo, para aquellos que se acercan a la naturaleza de los pueblos sin prejuicios, y que intentan captar lo que las cosas son realmente, el cristianismo no es una religión equiparable dentro de nuestro contexto cultural al credo sintoísta, por ejemplo, al budismo o al Islam, sino que se trata de un rasgo clarísimo de nuestra identidad, sin el que es imposible comprender lo que somos, lo que hemos sido y cómo pensamos. Incluso los que abominan irracionalmente del cristianismo, tienen un software mental cristiano incubado a lo largo de siglos de fe cristiana.

Que el abad de Covadonga o el mismísimo Vaticano piensen que esto es solo una cuestión de derechos demuestra que hilan poco fino, dado que ese argumento prescinde del hecho demostrable y comprobable de que la identidad europea es cristiana, incluso la de todos los mentecatos, necios, tertulianos, opinadores y juntaletras que se empeñan en prohibir los crucifijos en la escuela de su barrio para garantizar la "libertad de conciencia". En el fondo es el mismo argumento que se utiliza para afirmar el derecho al aborto, prescindiendo del hecho demostrable y comprobable de que eso que se elimina es un ser humano en los primeros estadios de su desarrollo. Los suizos solo han intentado detener un proceso que es preocupante en algunos lugares de Europa, han intentado parar la islamización que ellos perciben palpablemente en los minaretes.

Por otro lado, no deja de sorprender ese aire de pesadumbre moral –notablemente hipócrita- que solo se manifiesta cuando las urnas arrojan un resultado contrario a los dogmas de la ideología dominante y de lo políticamente correcto, mientras que, por ejemplo, cuando resulta aprobado el consumo libre de marihuana, los matrimonios del mismo sexo o los abortos en infantes de quince años, se limitan a cantar el triunfo de la democracia" y el "buen criterio" que ha manifestado el pueblo. Es evidente que, al margen de toda la charlatanería del derecho de voto y de la libre opinión, hay una estancia decisoria que establece qué es moral y lícito opinar y qué no lo es y que se manifiesta en la sorprendente unanimidad de unos medios que parecen no ponerse de acuerdo en nada salvo en todo aquello que socava un poco más nuestros rasgos de identidad y nuestra cohesión como pueblo.

Está claro que el resultado del referéndum suizo es un resultado en línea con las fuerzas sanas de ese país y con todo aquello que afirma lo que somos los occidentales, pese a que probablemente los votantes suizos no hayan podido llegar tan lejos como la mayoría de ellos hubiera querido. Un buen amigo me ha mandado la noticia con las declaraciones del abad de Covadonga y me comenta que la Iglesia actúa como una quinta columna, que trabaja a favor de todo lo que nos conduce al Haarlem multiétnico, esa situación de postración diseñada a la medida del capitalismo global en la que ya nadie pertenece a ninguna comunidad. Yo pienso más bien que esa "quinta columna" está en el interior del Iglesia, disfrazada con ornamentos de corte humanitario, filantrópico y aparentemente bienintencionado, pero en sintonía con el ideario mundialista. Por eso me resisto a creer lo que me dice mi amigo. Pese a ciertos aires dentro del Vaticano actual y pese al abad de Covadonga, nuestros antepasados se resistieron, incluso por las armas, a la islamización de Occidente, lo mismo que ahora han hecho los suizos en las urnas. Cuando hubo voluntad de ser y de afirmarse, el Islam no supuso amenaza alguna durante quinientos años. Y sin duda el espíritu de esa resistencia, de esa voluntad de ser que nos configuraba, fue el cristianismo, especialmente la Iglesia católica, aunque ahora algunos de sus miembros quieran contemporizar con fuerzas que en el fondo les desprecian.

En definitiva, y como creía René Guenon, la Iglesia católica, con todos sus errores y defectos, en su mayoría clara contaminación de estos tiempos turbulentos, sigue siendo la última fuerza que impide el caos en Occidente y, por consiguiente, en el mundo entero. En lo que a mi respecta, estoy firmemente convencido de que esa luz jamás será sepultada, aunque les pese a algunos de sus pastores. 

EDUARDO ARROYO

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