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Elementos da Alma Galega

Elementos da Alma Galega

Reproducimos este breve artigo, extraído do blogue amigo  http://www.losmaceros.blogspot.com/

 La historia de de Galicia no comienza hasta los días ásperos de la Reconquista. Antes de esta data todo son preparaciones, hechos geográficos, raciales o administrativos, que en manera alguna crean concepto de grupo nacional.

El primer factor es, si duda alguna, e geográfico. Desde el Duero hasta el Cantábrico, y en un cuadrilátero cuyos otros dos lados son la costa atlántica y una línea recta que arrancara desde la desembocadura del Eo hasta llegar a las márgenes del Duero, hay un territorio de características uniformes, con flora, fauna y relieve sensiblemente iguales. Tierras de perenne verdor en contraste con las castellanas y portuguesas limítrofes, llenas de una blandura de paisaje opuesta tanto a la fiera montañería asturico-leonesa como a las estepas llanas de la planicie y de la cuenca del Tajo.

Estas tierras estuvieron habitadas desde tiempos antiguos por gentes celtas que, tuvieran o no la condición d aborígenes, lograron amoldarse al terrero y hacerse un factor fundido con el paisaje. No hay que exagerar la importancia del elemento celta hasta confundo con el alma misma de Galicia, cual a lo largo del siglo pasado fue moda y lugar común entre escritores. Antolín Faraldo identificaba Irlanda y Galicia bajo este adjetivo racial, Florentino Vaamonde hace en Os calaicos sea un bardo céltico quien entone las glorias patrias y Murguía atribuía a residuos de colegios druídicos la fundación de los estudios compostelanos, como herencia de la tesis celta de identificar ciencia con religión. Y en nuestros siglo, Ramón Cabanillas define a Galicia como “terriña celta”, Lisardo Barrero entona su rítmico: “Eu son da terra celta das nevaos e dos fumes”, y Jaime Quintanilla aspira a dar catalogación etnológica al nombre gallego diciendo es el único europeo entre todos los de la península.

Entre los factores que contribuyeron a alumbrar Galicia es el celta el más importante, pero en modo alguno el más decisivo y excluyente. Pervive en los usos y costumbres del pueblo una clara serie de concomitancias que es dado explicar utilizando la herencia celta; pero todas es secuelas no bastan para entender su peculiaridad. La peculiaridad gallega es histórica y no meramente racial, por mucho que la raza haya aportado al logro de aquella diversidad a lo largo de los tiempos.

Esas pervivencias son de muy varia condición. En primer término, las observaciones hechas en los capítulos siguientes denotan la continuidad de una concepción religiosa, casi pseudos- mística, de la naturaleza, que va desde los poetas de los cancioneros, bruscos de rudeza medieval, hasta las exquisiteces delicadas de una Rosalía.

Después, la toponimia celta grita a voces la lejana ascendencia hasta en los más inesperados nombres de lugares. Y en la masa informe de las leyendas populares, aun sin aceptar el extremado criticismo e Manuel Losa, que ve en la historia jacobea repeticiones de viejas narraciones célticas, verdad es que los gallegos ponen seres alados con papel de genios protectores habitado alcázares ocultos por las móviles aguas de los ríos, encantados y encantadores en sus cámaras mágicas de palacios fabricados con rocas cristalinas. Un cuento de esta especie recogió el P. Sarmiento sobre el río Barbanza, y otro sobre el pozo de Bradomil, y la paciente búsqueda de Murguía puso de relieve cuánto hay aún de vieja mitología ancestral en el culto campesino a las aguas, al fuego, a los astros, a la naturaleza inanimada, a los seres sobrenaturales que habitan en los lares, a las hadas de la tierra, a las doncellas de los arroyos, a los fantasmas y “canouros” de los bosques, a los “mouros”, “ouvas” y nigromantes huéspedes de antros y cavernas, amén de las “meigas” o brujas y de los “vindouros” o adivinos. Hasta de los ritos del culto druida restan nombres y detalles, cual la veneración el muérdago, basada en la creencia de que si se cubre un helecho con una servilleta blanca en la noche mágica de San Juan, al día siguiente está llena de gnomos, e incluso del valor medicinal de esos ritos, como la opinión de que para curar las hernias a los niños es suficiente hacerles pasar a través del corte hecho en el tronco de un árbol sagrado, tal como por ejemplo el roble.

 

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