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TURQUIA, KOSOVO Y EUROPA

TURQUIA, KOSOVO Y EUROPA

Gilles Galliez (Terre et Peuple).

 Gran conocedor de la realidad serbia y balcánica, expuso la dura historia del domino turco de esa zona clave para Europa, así como la voluntad del Nuevo Orden Mundial de volver a situaciones anteriores, usando a Turquía y al Islamismo contra Europa.
En el momento en que se nos ruega encarecidamente que abramos de par en par nuestras puertas a los herederos del pachá Malik, os invito, apreciados amigos y camaradas europeos, a compartir esta visión serbia en cuanto al precio de la libertad.



¿Quiénes son estos turcos que subyugaron a la mitad de Europa a sangre y fuego? Surgen de las mesetas de Mongolia donde fueron descubiertas las tumbas de sus príncipes en Ungut. Echados fuera de sus tierras por otras tribus mongoles, se lanzan hacia el Oeste en el siglo quinto y se convierten al Islam entre el siglo octavo y el noveno.
Una primera observación: su islamización no es la consecuencia de una conquista árabe. Es una conversión voluntaria realizada por frailes nómadas que instalan entre los turcos una clase de Islam de las fronteras, un lejano Oeste de Mahoma, conquistador e imperial.

Muy pronto, los sultanes no se llamarán turcos, selyúcidas u otomanos. Se presentan como jefes de los musulmanes; sus representantes son enviados del Islam, su ejército es el del profeta. El Imperio es panislámico: es la Umma musulmana. El resto del mundo es el dar-el-harb, tierra de la guerra, que ha de ser conquistada.

La noche otomana se cernió durante cuatros siglos y medio sobre los habitantes de Serbia, Grecia, Bulgaria y Rumanía. Ahora resulta ser de buen tono, y hasta aconsejado con fuerza, para no irritar a la recelosa Turquía, mirar con un revisionismo alegre, lo que fue el peso del yugo otomano sobre el mundo balcánico: serbios, búlgaros, griegos, rumanos y todos los pueblos que el señor turco llamaba con el nombre cariñoso de raïa, es decir: ganado.

Una vez establecida, la autoridad turca sólo reconoce dos categorías de personas: los musulmanes, que gozan de todos los derechos en el Imperio, y los infieles, raïa u dhimmis cristianos ortodoxos y católicos, puestos en una situación de total dependencia. Todos los poderes serbios –hasta los de la Iglesia– han desaparecido. La nobleza ha sido exterminada o desterrada. Huyendo del cataclismo, empiezan los éxodos que lanzan a los serbios hacia tierras libres.
La potencia turca no quiere que desaparezca, de los territorios que ocupa, la multitud de semiesclavos que va a explotar durante cuatro siglos y privarse de los medios de perseguir la conquista de Europa. Tomando consciencia del peligro, los turcos van a restablecer el Patriarcado de Serbia y devolverle la competencia sobre los territorios ancestrales de los serbios.

Durante este período es cuando va a tomar cuerpo la identificación entre serbio y ortodoxo. El turco no se preocupa de los pueblos, y reconoce sólo las religiones. Los serbios no tendrán más identidad que la de ortodoxos, y más estructura que la de su Iglesia. Un serbio que apostata viene a ser, en el lenguaje popular, un “poturitsa”, un “aturquesado”, asimilado a los ocupantes, que cambia de nombre y reniega de su identidad para mejorar su condición. El pertenecer a la religión viene a ser la última imagen de sí mismo, y la Iglesia es el último lugar en que se pueda preservar el espíritu del Estado medieval serbio. El patriarca-enarca (ethnarca) es quien da, cada vez, la señal de la insurrección para sostener las ofensivas de los Habsburgo contra el Imperio otomano…

Entonces, Viena estaba en lucha con un problema demográfico crucial: bajo la presión otomana, gran parte de las tierras croatas lindantes al Imperio han sido abandonadas por sus habitantes. Los austríacos van a someterlas a una jurisdicción especial, la de los confines militares.
Los irredentistas eslavos, llegando por millares, se establecen en las comarcas abandonadas por los croatas y participan en la reconquista de los Balcanes empezando por Austria. Van a convertirse en terribles soldados-campesinos, rodeados de sus mujeres e hijos, libres de todo lazo social, únicamente sometidos a la autoridad militar imperial y gozando de los derechos equivalentes a los que los zares otorgaban a los cosacos en las marcas del Imperio ruso. Aquí van a poder practicar su religión, seguir sus costumbres, elegir a sus jefes, cultivar y poseer tierras, conservar su fe y sus sacerdotes sin tener que sufrir las empresas de los jesuitas.

El mayor trastorno étnico se produjo durante la ultima fase de la guerra entre austriacos y turcos desde mil seiscientos ochenta y tres hasta mil seiscientos noventa cuando los serbios se sublevaron y, con el apoyo del Ejército imperial libertaron casi toda Serbia antes que los turcos se apoderasen de ella otra vez. Este primer gran éxodo serbio fue seguido por otro cuando empezó la guerra austro-turca de mil setecientos treinta y siete. Un cuarenta por ciento de los serbios de la época decidió tomar el camino del destierro, sea hacia las marcas austríacas, sea más lejos aún, hacia la Rusia de los zares de quienes se hicieron fieles vasallos. De esta expatriación forzada en las tierras del Imperio austríaco, los serbios sacarán una experiencia militar que hará de su ejército uno de las mas eficaces de la región.

La sociedad que se desarrolla aquí después de la invasión, funcionando de modo tribal, puede parecerse a una regresión si se la compara al feudalismo, pero ha permitido a los serbios permanecer libres cuando las demás partes de los Balcanes sufrían la ley de los turcos. Estas tribus, de esencia patriarcal y de derecho consuetudinario, son unas veinte para una población de treinta mil habitantes. Poseen su lugar de reunión: el Zabor, unión de todos los jefes de familias combatientes. Es el mayor “parlamento” a cielo abierto de toda Europa desde el fin de los Althings islandeses: una sociedad sin clases ni poder central en que el hombre puede apoyarse sólo en la comunidad. Llevada como una ideología tribal, la certeza de un destino histórico y el sentimiento de quedar como los últimos defensores de la gloria serbia y del juramento por Kosovo lograron conservar una cohesión muchas veces amenazada. Nunca los turcos consiguieron someter a Montenegro. Todas sus tentativas, pagadas a alto precio, resultaron ser un fracaso.

El Nuevo Orden Mundial ha optado por guardar silencio sobre la djihad que el Islam impuso a los Balcanes. Al menos, mientras no alcanzase a las torres de Manhattan. Esto permitió bombardear a Serbia con el consentimiento de los telemaníacos crédulos e imponer una imagen idílica de la cultura islámico-turca como componente esencial de esta región. De este modo se ha ocultado la historia de los pueblos cuyo martirio no ha recibido la etiqueta oficial. Esta tolerancia descarriada ha favorecido el regreso del pasado y provocado en la ex-Yugoslavia una guerra encarnizada. También ha inhibido cualquier reacción de defensa: de un lado se ven los mudjahidines del mundo entero precipitarse hacia Bosnia, con Al-Qaïda como tour operator, y Arabia Saudita rivaliza con Turquía para enviar misteriosos contenedores hacia los aeropuertos de las regiones controladas por la OTAN.

Del otro, para levantarse a la llamada de la vieja memoria de Lepanto, sólo hubo algunos centenares de griegos, tres o cuatro unidades de cosacos rusos, de búlgaros fervientes y un puñado de franceses. Para quien sabe lo que fue la historia de la resistencia serbia contra la dominación otomana, era no obstante evidente que un Estado de Bosnia-Herzegovina de mayoría musulmana sería inaceptable en lo que concierne a las víctimas del pasado cuyo derecho a la memoria no es protegido por la leyes (al contrario de lo que pasa para otros).

Los cinco siglos de presunta “coexistencia harmoniosa y pacífica” bajo la dominación turca participan del dogma teológico de la perfección de la sharía y de la dhimmitude.

Hay que decirlo y repetirlo sin cansarse: el régimen islámico-turco en Europa balcánica ha sido el de las matanzas, de los saqueos, de la esclavitud, de las deportaciones y del destierro. Ha justificado la usurpación de las tierras y la denegación del derecho a perdurar a Kosovo.

Sólo, para concluir, parafraseando la plegaria serbia que antes les recordase, manifestarles:
“Que Dios y San Jorge el vencedor nos ayuden, que los europeos acabemos con nuestros tiranos, como San Jorge vino y acabó con el dragón”.
 

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