Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2008.
Resumen
- 03/03/2008 13:50 - EL LATIR DEL CICLO ANUAL: Celebraciones de Muerte y Vida
- 03/03/2008 13:55 - SIMBOLISMO Y ARQUEOLOGIA DE LA ROSACEA
- 03/03/2008 20:09 - LOS ENEMIGOS DEL BOSQUE SON NUESTROS ENEMIGOS
- 03/03/2008 20:12 - EL TSUNAMI DE LA ESCLAVITUD
- 03/03/2008 20:15 - O MITO DO HOMEN GALEGO, por Alexandre Herculano
- 03/03/2008 20:19 - EL ARTE DEL BIEN VIVIR
- 03/03/2008 20:35 - TURQUIA, KOSOVO Y EUROPA
- 03/03/2008 20:40 - LA PASIÓN TURCA DE ZP
- 10/03/2008 18:47 - A IDENTIDADE EUROPÉIA, por Enric Ravello
- 12/03/2008 11:48 - EXCALIBUR, Máis que um filme, por Francesc Sánchez-Bas
- 12/03/2008 15:27 - GALIZA versus GALICIA
- 12/03/2008 20:10 - Un símbolo indoeuropeo e identitario: EL JABALÍ
- 12/03/2008 23:37 - ESCRITOS DE VICENTE RISCO
- 17/03/2008 11:56 - Xá na rúa o nº 17 da revista "TIERRA Y PUEBLO"
- 17/03/2008 19:47 - A Vía da Natureza
- 25/03/2008 15:30 - El Arraigo, por Alain de Benoist.
- 31/03/2008 13:30 - "Los pueblos de la Galicia céltica"
- 31/03/2008 14:10 - Lembranza de Rodrigo Emílio no 4º cabodano
EL LATIR DEL CICLO ANUAL: Celebraciones de Muerte y Vida

O deus Janus bifronte, os dous solsticios
QzWy
La Naturaleza como Libro Divino
“Er ist der Stern, er ist die Sonn´,
Er ist des ewgen Lebens Bronn,
Aus Kraut und Stein und Meer und LichtSchimmert
sein kindlich Angesicht”
“Él es la estrella, es el sol,La fuente eterna de la vida.Entre la hierba y la piedra,En el mar y la lumbre,Resplandece su rostro infantil”
NOVALIS
En estos tiempos que corren, el antropocentrismo y la antropolatría imperan y anidan en mentes y corazones de mujeres y hombres en este mundo actual, convulso en plena crisis no simplemente de cambio climático (léase “ecológica”), o de valores (léase “ético-política”) o económica. Para nosotros -los identitarios- nunca nos cansaremos de insistir que ésta crisis en general es fundamentalmente una crisis espiritual, puesto que la disociación de Cielo, Hombre y Tierra es más que evidente. Ese antropocentrismo - esa religión laica “liberal y progre” a un mismo tiempo- en su máxima categoría imperante es la llamada antropolatría: el materialismo, en todas sus versiones (léase histórico, económico, biológico, etc.) como pseudo-religión, conduce solo a adorar y a pensar en dinero, beneficios, ultra tecnología y demás sucedáneos o vanidades. Y todo esto, es el efecto de una causa.
Vivimos de espaldas a la Naturaleza, hemos olvidado esa cosmovisión tradicional de que “en el mundo tradicional, la naturaleza era no “pensada”, y si “vivida” como un gran cuerpo animado y sagrado, “expresión visible de lo invisible”[1]. La Creación es la máxima expresión de sabiduría y el gran libro divino que el Creador nos ofrece. De ahí que en la tradición hermética, sus maestros tienen presente que para realizar la Obra, basta con imitar a la Naturaleza. Nos hemos desconectado de los circulares ritmos naturales y se van olvidando sus celebraciones y ritos, ceremonias y fiestas, perdiendo parte no solo de nuestra identidad, también implícitamente de nuestro espíritu. La memoria de los antepasados con su legado de Conocimiento y Sabiduría, está oculto a los ojos de un mundo cada vez mas profano- y de la Naturaleza cada vez más profanada- donde lo sagrado ha sido relegado a las brumas… ¿tal vez de Avalon, del jardín de las Hespérides? Y como todos sabemos, la Naturaleza en sus ciclos estacionales, Primavera, Verano, Otoño e Invierno, nos recuerdan dos lecciones que siempre debemos tener presente: por un lado, la impermanencia a la que estamos sometidos todos los seres de la Naturaleza y por otro, el triunfo de la Luz. Nacemos con el ciclo ascendente del año, como las semillas que han sido recogidas en la tierra y nuestra infancia es eterna Primavera. Nuestra juventud se expande y es pletórica en la estación del crecimiento del reino vegetal. En el Verano alcanzamos nuestra madurez, después que la flor ha dado paso al fruto. Estamos pues listos para ir marchitando en el Otoño, ya en pleno ciclo descendente del año, para dejar la vida y morir en el ocaso del Otoño y recogernos en el seno del Invierno. Nos pudriremos en la Tierra y en su interior, germinaremos de nuevo para renacer de nuevo en la Primavera. Morimos para nacer, así como antes fueron las Tinieblas y después la Luz, primero el Caos y después el Orden. Morimos para nacer, y así como sabemos que el invierno siempre da paso a la primavera, debemos tener presente que nacer y conocer son lo mismo, puesto que Conocer es co-nacer. Antes fue la Noche y después el Día, como nos recuerda la tradición céltica y la escandinava. Hombre y Mujer vuelven siempre al seno de la madre, a la Tierra, mientras que el padre Sol con su poder fecundará de nuevo con su Luz y calor a la semilla, con la ayuda de los otros dos elementos restantes: aire y agua. Esta analogía llena de simbolismo son leyes divinas y naturales a las que estamos sometidos, incluidas en las iniciaciones de diversas tradiciones. No han sido los últimos en tener presente esta cosmovisión, pero es menester citar a los escritores románticos del siglo XIX, que percibieron en su memoria de la sangre, que tras el racionalismo y la ilustración, esa antropolatría se instauraba definitivamente en los corazones de sus congéneres. He aquí unas muestras de Verdad y Belleza de esa perenne sabiduría, ofrecidas por la pluma de Hölderlin: “Ser uno con todo, ésa es la vida de la divinidad, ése es el cielo del hombre. Ser uno con todo lo viviente, volver, en un feliz olvido de sí mismo, al todo de la naturaleza, ésta es la cima de los pensamientos y alegrías, ésta es la sagrada cumbre de la montaña, el lugar del reposo eterno donde el mediodía pierde su calor sofocante y el trueno su voz, y el hirviente mar se asemeja a los trigales ondulantes.” [2] O bien de la mano de un Novalis, que al igual que su compatriota nos lega estos versos: “Todas las cosas están en el Uno y el Uno está en todas las cosas,/ ver la imagen de Dios en la hierba, en una piedra, / el espíritu de Dios en el hombre y en los animales, / esta actitud deberíamos tener en el fondo de nuestros corazones”[3] Y también en ensayo denunciaba el terrible olvido de ese legado: “Ya en la infancia de los pueblos existieron espíritus profundos que descubrieron que el rostro de la Naturaleza era el de una divinidad, mientras que los demás, con el corazón liviano, no se ocupaban de ella más que para depositarla sobre la mesa; el aire les resultaba reconfortante bebida, las estrellas eran la luz para iluminar sus danzas nocturnas, y las plantas y los animales, sólo excelentes alimentos; la Naturaleza se les ofrecía no como un templo grandioso, sino como de un agradable recetario y una regocijante despensa. Otros, de alma más sensata, distinguían las muchas posibilidades que la Naturaleza les ofrecía, pero todavía en estado salvaje, y día y noche se dedicaban a crear modelos para conseguir una Naturaleza más noble” Dentro del seno de la Tradición Cristiana europea, esta cosmovisión se mantuvo por algunas figuras excepcionales, hombres sabios y santos, entre los que cabría citar a San Francisco de Asís, como el máximo exponente de esta visión sagrada en torno a la naturaleza y a la Creación del Supremo Artista. Recordad el conocido poema “Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas, especialmente el señor hermano sol…”, exposición máxima de un esoterismo cristiano, que pervive e influye en el seno del catolicismo, llevando a la nueva religión a re-venerar olvidados santuarios a lo largo de toda Europa, bajo advocaciones marianas o de santos en particular. Y también cumple hacer justicia - dejando aparte frivolidades y prejuicios neopaganos- que la selva o bosque virgen, la montaña sagrada o la fuente milagrosa, igualmente perviven en la memoria de nuestros abuelos, así como en su tiempo estuvo en la de nuestros mas remotos antepasados, merced a esa savia del esoterismo cristiano que llenó de monasterios y ermitas nuestros mas inhóspitos y agrestes lugares de España y de Europa.[4] El fundador de la Orden del Cister, cuya influencia como es sabido, se extendió entre la Orden del Temple- San Bernardo- igualmente participaba de esta cosmovisión sagrada en torno a la naturaleza, a la Creación. Fue él quien dijo que “hallarás en los bosques algo más que en los libros. Los árboles y los pedruscos te enseñarán cosas que no podrás aprender de ningún maestro”. Copartícipes de esta recta visión de la naturaleza, como “Ecce omnia opera Domini”, también fueron entre otros Fray Luis de León, San Juan de a Cruz, Fray Luís de Granada, y también en nuestros tiempos el cisterciense Thomas Merton. La Naturaleza de por sí misma es un auténtico santuario, así lo percibieron, sintieron y vivieron nuestros antepasados. “Entre los antiguos germanos, sedentarios primitivos, es decir, que rechazaban la arquitectura propiamente dicha, los santuarios estaban localizados, pero siempre en la naturaleza virgen. El bosque de Broceliande, entre los celtas, y el de Dodona, entre los griegos, son ejemplos de una perspectiva tradicional análoga, a pesar de la presencia, en estos pueblos, de una arquitectura sagrada y una civilización urbana. Entre los hindúes, el bosque es la morada natural de los sabios; y se encuentra este mismo “aprovechamiento” espiritual del aspecto sagrado de la naturaleza en todas la tradiciones que tienen –siquiera indirectamente- un carácter primordial y por lo tanto mitológico”[5] El mundo por entonces era mágico, Dios o los dioses, la Divinidad en suma, eran algo cercano, sutil, pero intensamente sentido, vivido y experimentado. Una lectura con visión tradicional de las antiguas mitologías indoeuropeas, nos describirán una naturaleza animada tanto para griegos y romanos, como para celtas, germano-nórdicos y eslavos, puesto que para todos ellos la Naturaleza era “una poética metáfora, una metáfora tangible de la vida de los dioses (una Metamorfosis divina). Hay en estas cosmovisiones una absoluta y confusa interpenetración entre lo material y lo espiritual. La naturaleza es consustancial a la divinidad (y al espíritu humano). La Vida de la naturaleza es, de hecho, la manifestación visible de la vida de los dioses. Lo que se ve claro leyendo a hombres antiguos (como Hesíodo en su “Teogonía” u Homero en la “Odisea” o la “Ilíada”) no es que haya espíritus o dioses que simplemente se manifiesten en la Naturaleza, sino que las montañas, ríos, bosques…La naturaleza es toda, en sí misma, espíritu. El latir de la vida, el movimiento de los astros, el paso de las estaciones…todo, es divino. Desde la noche de los tiempos, como vemos, no pudo entenderse otra religión que la de la naturaleza”[6]
En la Antigüedad, nuestros pueblos europeos, no precisaban de edificar templo alguno puesto que para ellos, como venimos insistiendo hasta ahora, toda la naturaleza en sí misma era sagrada. Formaba parte de un todo y sus ciclos estacionales con sus fiestas - regio-sacerdotales, guerreras o agrarias- eran ritmo de sus vidas, de sus campos, de sus animales, de su caza. Y como nos recuerda Alain de Benoist, “…después de los trabajos de Eliade y de Dumézil ya no se puede reducir a las antiguas religiones paganas a un simple culto a la naturaleza. El paganismo jamás fue un puro naturalismo, incluso cuando los antecedentes “naturales” y cósmicos juegan en él un papel central. Tampoco fue nunca un panteísmo, como en Giordano Bruno o Spinoza, aunque también hallamos elementos panteístas en casi todas las culturas religiosas”[7]
Solsticios y Equinoccios
No nos detendremos mucho en este apartado, existe suficiente literatura al respecto. René Guénon, Julius Evola, Hermann Wirth, Jean Mabire y Pierre Vial, entre otros, han escrito lo fundamental en torno a estas festividades. Solo recordaremos a vuela pluma, que nuestras principales fiestas o celebraciones, en sus analogías paganas y cristianas, siendo éstas regidas como sabemos, por el movimiento de la tierra alrededor del Sol. Dos son los solsticios y dos los equinoccios y así queda delimitado nuestro año, el giro completo de la Tierra alrededor del Sol, de la rueda-órbita alrededor de su Centro. Por un lado tenemos los dos solsticios, sabiendo e interpretando desde un punto de vista hermético que”Los solsticios –de “sol stare”, el sol se detiene- marcan los momentos del año en los que el sol parece detenerse en un punto fijo de su órbita, para a continuación reiniciar su marcha en sentido inverso. Estos momentos de inmovilidad abren las puertas que permiten acceder a otros estados de ser; así el solsticio de invierno abre la puerta de salida de la “caverna cósmica”, mientras que el solsticio de verano abre una puerta que es simultáneamente de entrada y salida”[8] Así pues tenemos dos partes del año, claramente divididas, del Solsticio de Invierno (21 de Diciembre), desde la gélida Navidad con su nacimiento del Sol, (o del Cristo solar según interpretaciones), hasta el Solsticio de Verano(21 de Junio) : desde un San Juan Evangelista (27 de Diciembre) hasta un San Juan Bautista (24 de Junio). Para nuestros antiguos, estas dos fases del año corresponden como el dios romano bifronte Jano a dos períodos, a dos puertas solsticiales, la de los “grandes misterios” (estados supraindividuales) y la de los “pequeños misterios” (estado humano): según la tradición védica, relatado asimismo en la Bhagavad-Gita , el período ascendente del sol a la “Vía de los Dioses” y el período descendente a la “Vía de los Padres, Antepasados”. Y este período ascendente y descendente también lo podemos aplicar al período mensual de la Luna, pues en su fase creciente está en relación con el deva-yâna – o Vía de los Dioses- y en su fase decreciente con el pitr-yâna – o Vía de los Padres, Antepasados. También recordar que cuatro son las fases de la luna, al igual que las del sol.[9] Citábamos antes la salida de la caverna cósmica con relación a los solsticios. Para su comprensión diremos que la caverna cósmica es la caverna iniciática, considerada por un lado como una imagen del mundo y por otra del corazón del ser humano. La caverna desde un punto de vista iniciático es el lugar del “segundo nacimiento” o iniciación, el “sepulcro” del cual se re-nace. Es en suma la caverna el mundo profano, el mundo de las tinieblas y de la ignorancia, y para que pueda existir una “salida final” de dicha caverna, es necesario que “el iniciado debe precisamente sobrepasar en esta nueva fase del desarrollo de su ser, del cual el “segundo nacimiento” no era en realidad el punto de partida”[10] Sabemos que el latir del ciclo anual, es como una rueda o cruz solar, una cruz espacio-temporal que con su eje vertical (al Norte corresponde el Invierno, al Sur el Verano) y su eje horizontal (al este la Primavera, al oeste el Otoño), ordena el ciclo y el rito de nuestra Tradición, expresión de un arquetipo universal. Por otro lado, están los equinoccios, completando los ejes de la cruz solar. Los Equinoccios “equilibran” el año, puesto que en ambos la Tierra se encuentra en el punto intermedio de su órbita con respecto al astro rey. Con los equinoccios, según la tradición hermética, tenemos a los dos arcángeles, Gabriel y Miguel (25 de Marzo, 29 de Septiembre, Fortaleza y Templanza respectivamente), con fechas muy cercanas a los equinoccios, puesto que por un lado el día y la noche tienen una misma duración y por otra está equidistante del Invierno-Norte y del Verano-Sur.
Pervivencias del latir céltico: Difuntos y Mayos
En base a estas cuatro grandes fiestas, generalmente celebradas por casi todos los pueblos europeos, tendríamos que añadir a ellas otras cuatro, propiamente de origen céltico y con un significado similar, aunque no idéntico a los solsticios y equinoccios, pero que igualmente forman parte, digámoslo así, del patrimonio del latir del ciclo anual, igualmente con celebraciones y ritos de muerte y vida. Markale nos asevera que “el año céltico, basado en un calendario lunar, con un mes intercalado cada cinco años, está claramente dividido en dos estaciones, invierno y verano, lo que hace que su eje central vaya del 1º de noviembre al 1º de mayo. Repitámoslo: el calendario céltico, y por tanto druídico, no tiene estrictamente ninguna relación con los solsticios”[11] Aunque a esto habría que añadir, que los monumentos megalíticos como los dólmenes (anteriores por otra parte al mundo céltico) “reutilizados” por los pueblos célticos, tienen una orientación especial, generalmente en relación al solsticio de verano. Las cuatro grandes fiestas célticas según el Calendario de Coligny son el Samain, Imbolc, Beltaine y Lugnasad: Samain era una fiesta comunitaria donde todos los hombres y mujeres que integraban “de derecho” dicha comunidad, debían obligatoriamente asistir, puesto que allí se hablarían asuntos políticos, religiosos, y económicos. Etimológicamente Samain significa “el final del verano”, es decir el comienzo del invierno y a su vez el primer día de un nuevo año. A su vez este día según la tradición céltica, era el encuentro de dos mundos, el de los vivos y el de los muertos. Ciertamente como en el noroeste peninsular sabemos, la parroquia de los muertos establece contacto con la parroquia de los vivos. Ambos mundos se interrelacionan e ínter penetran en estas fechas y así lo atestiguan las leyendas célticas, puesto que el acceso al Otro Mundo, grandes batallas y muertes rituales del héroe que ha transgredido ciertas prohibiciones, acontecen en este señalado día. Igualmente conocemos que este día en nuestro calendario cristiano corresponde al día de todos los Santos, ya en pleno otoño y ciclo descendente del año. También asociado al día de Todos los Santos estaría el día de los Muertos, aunque en realidad según Markale, para el pensamiento céltico “no hay en Samaín ni muertos ni vivos, como tampoco hay dioses ni hombres. Hay todo.”[12] En la antigua Irlanda, los fuegos debían estar apagados y el fuego renacerá en el momento que los druidas enciendan uno nuevo. Según Markale, este simbolismo habría sido transferido por los cristianos a Pascua. Después de transcurridos tres meses después del Samain, vendría la festividad del Imbolc, bajo la advocación de la diosa Brigit, cristianizada bajo el nombre de Santa Brígida. El 1º de febrero es el día cristianizado de la Candelaria, fiesta purificadora a mitad del invierno. Esta celebración sería más íntima y local, mientras que una celebración que si ha llegado con mayor vigor hasta nuestros días, transcurridos otros tres meses después del Imbolc, sería el 1º de Mayo, Beltaine. Beltaine, etimológicamente significa “Fuego de Bel”, es el final del invierno y el comienzo del verano. “De ahí los ritos del fuego, particularmente abundantes y la sacralización de la vegetación naciente…la fiesta de Beltaine es una apertura a la vida y la luz, una introducción en el universo diurno, en lo que todavía se llama en Bretaña los -meses negros-”[13] Esta fiesta sería propiamente sacerdotal y sería costumbre plantar ramas en los campos, huertos y sobre los establos como símbolo de prosperidad y abundancia, siendo en los países germánicos la noche de Walpurgis. Las celebraciones en torno al mes de mayo persisten a lo largo de toda Europa, si bien ha pasado a ser considerada por antropólogos y etnógrafos como una fiesta eminentemente agraria, conocida como los Mayos. “Os Maios”, que así denominan en Galiza, son fiestas de carácter eminentemente agrícola, celebrados no solo en el noroeste peninsular, sino a lo largo de toda la península ibérica bajo múltiples formas, que en esencia simbolizan lo mismo como las Cruces de Mayo en Andalucía, especialmente en Córdoba. Esplendor de la primavera, esperanza y “propiciando” buena cosecha, al mismo tiempo que alejando todo ser (visible o invisible) que pueda dañar la fecundidad de los campos. Estos “Maios”, antiguos cultos o rituales agrarios (hoy en día fiestas folklorizadas), fueron objeto de denuncia y persecución por la Iglesia, puesto que en Concilios como el de Braga en el 570 o el de Lugo en el siglo VIII, se condenaron estas “prácticas” de culto fitolátrico. Como sabemos, el mes de Mayo pasó a ser el mes de las flores, el mes de María. Las condenas se extendieron también en la edad media, donde por ejemplo en Portugal, en 1385, la cámara de Lisboa acordaba que “Nâo se cantem Mayas nem Janeiras”. El cabildo compostelano igualmente prohibía entrar en la catedral a las “maias” y “demiños”, bajo pretexto de lo indecente de sus danzas y canciones. Hay siempre dos elementos principales en torno a esta celebración europea de los Mayos. Encontramos por un lado el Árbol de Mayo y por otro los Reyes del Mayo. Naturaleza y Hombre/Mujer, son símbolos en este ancestral recuerdo del triunfo de la primavera, ya que como nos recuerda el maestro V. Risco, esta estación del año siempre “significa el reverdecer de las plantas, el comienzo del año agrícola, la alegría de ver levantarse el sol por encima del horizonte y coger fuerza; y tiene diferentes formas: árbol de Mayo, hombre cubierto de ramas, armadilla de verduras y flores, reina de mayo, pareja de mayo, cruz de mayo, engalanar las casas con ramas, esparcirlos por los campos, presagios de hartura y dinero…”[14] Algunos etnógrafos nos recuerdan que la referencia escrita más antigua sobre esta festividad, la encontramos en el romano Tácito: “Igual que la feliz unión de dos seres produce numerosos hijos, la plenitud de los dones de la naturaleza es provocada por la unión de los dos sexos. Se tiene, pues, una idea profunda y clara, de los fenómenos naturales del mundo, y se ve hasta que punto el hombre está inscrito en la naturaleza, hasta que punto estas representaciones son antiguas y arraigadas. Ya en el siglo XII se habla de la visita de una reina de Pentecostés ricamente adornada. El relato de Tácito del viaje de la diosa Nerthus de la fertilidad y de la Tierra procede, sin duda alguna del mismo espíritu.”[15] En las diversas comunidades de etnia y lengua alemana, los “mayos” son igualmente celebrados análogamente que en otras zonas de Europa, así pues observamos que “En el folklore, este triunfo de la primavera tiene como símbolo la guirnalda primaveral (Ernte-kranz, en alemán, literalmente “corona de la cosecha”) que se entrega a la joven pareja del “Rey de mayo” y a la “Reina de mayo” para ser colocada la corona triunfal en lo alto del mástil de los festejos, el “Palo o Polo de Mayo”, símbolo del Árbol de la Vida y del Eje que une Cielo y Tierra. Se trata de una corona vegetal que, con su verdor, su belleza y lozanía, su brillo y su aura alegre, proclama la Victoria del Sol y de la vida renacida…Esa guirnalda primaveral es como el gran anillo floral que sella el enlace nupcial entre el Príncipe (el hombre o la humanidad) y la Princesa (la Naturaleza). No queda sino añadir que dicha corona verde y florida viene a corresponderse con la Rad-kreuz (rueda solar, cruz céltica)…En ambos se expresa la misma idea de totalidad y armonía, de vida centrada en torno a la luz.” [16] La costumbre cristanizada de la bendición de los campos y establos, de los animales que sustentan al hombre en sus duros trabajos agrícolas, e inclusive de bendición de aguas (recordemos la festividad de la Virgen del Carmen) como hemos podido observar a lo largo de este artículo, tienen sus lejanos ecos en las antiguas tradiciones paganas europeas.
A modo de conclusión, vemos que hemos comprobado que existe una estrecha interrelación entre el latir del ciclo anual y la vida externa del ser humano, entre la vida cósmica y nuestra alma profunda, en constante reconquista del estado primordial del Ser, del encuentro y recuerdo constante de Dios a través de su mejor libro escrito que es el de la Naturaleza con su ciclo anual y su latir, de la existencia primaveral y paradisíaca de la Edad de Oro, del Satya-Yuga o edad de la Verdad, del Jardín del Edén, de la mítica y primordial tierra de los ancestros, Hiperbórea.
Federico Traspedra
[14] “Festas do Ano” en “Obras Completas Vol. 3” Vicente Risco. Ed. Galaxia 1994. Pág. 605.
[16] “La Lucha con el Dragón” Antonio Medrano. Ed. Yatay.1999. Pág. 430.
SIMBOLISMO Y ARQUEOLOGIA DE LA ROSACEA

Afirmaba en torno a la explicación del símbolo, uno de los últimos metafísicos de Occidente, René Guénon que “las representaciones propiamente simbólicas…son incomparablemente menos limitadas y constringentes que el lenguaje ordinario y, en consecuencia, mas aptas para la comunicación de las verdades trascendentes, y de ahí la continua utilización que de ellas se hace en toda enseñanza que posea un carácter verdaderamente “iniciático” y tradicional” [1]
Otro autor, igualmente estudioso de las doctrinas y del arte del mundo de la Tradición como Frithjof Schuon, nos insiste en que el lenguaje de la religión es el simbolismo y que a su vez el simbolismo es una realidad concreta que se basa en analogías reales. Ahora bien, debido al alejamiento de Dios y a la falta de “comprensión” por parte del hombre en este final de ciclo, la tradición “a partir de cierto “momento cíclico”, se vio obligada a explicitar verbalmente los símbolos, que en el origen, -en la “Época Divina”- eran suficientes para transmitir las verdades metafísicas” [2] Esto es efecto de una causa: el ser humano se ha vuelto cada vez mas racionalista, ha endurecido su corazón, se ha producido una escisión entre el Hombre y el Cielo, consecuencia y reflejo obvio de lo que se puede observar en la Tierra, y no debido a esa disociación- digamos simplista y telúrica- del hombre con la tierra, como piensan los “rojiverdes”. La mentalidad simbolista se ha dormido en el hombre moderno y está roncando plácidamente para nuestra propia desgracia. Esa mentalidad, que es fluir e intuición en su sentido superior es preciso despertarla, o mejor dicho, reintegrarla, juntarla, pues esa es la verdadera etimología de la palabra símbolo.
Abordaremos entonces el estudio de este símbolo siguiendo las premisas que se aconsejan, puesto que “para comprender determinado símbolo, basta considerar su naturaleza o su forma, después su definición doctrinal, luego tradicional, y por último las realidades metafísicas y espirituales de las que ese símbolo es expresión”[3]
Así pues, trataremos en este artículo un símbolo puramente geométrico y no procedente de la Naturaleza (como el árbol, el lobo o el jabalí, ya tratados en otros números de Tierra y Pueblo/ Terra Nostra) aunque al igual que la propia Naturaleza su mensaje es intemporal y que como podremos observar, constituye un viático espiritual de primer orden.
Interpretaciones del simbolismo de la Rosácea:La Rosácea, es una figura geométrica trazada a compás. Su elaboración se basa en que tomando el radio de una circunferencia, podemos dividir su perímetro en seis partes iguales. Así pues, si desde cada una de las seis partes de la circunferencia alzamos el compás, obtendremos los seis ejes de la rueda o los seis pétalos. De ahí que por lo general las primeras representaciones de nuestro símbolo estén inscritas dentro de la circunferencia, dando así el aspecto de rueda. Posteriormente se omite el perímetro y quedan las aspas, destellos o pétalos, pasando a simular una flor de seis hojas.
Comúnmente es denominado este símbolo como Rosácea pero tiene también otras denominaciones como Roseta o Ruedecilla céltica, como veremos a continuación. Así pues nos encontramos que en la historia del arte europeo este símbolo apenas estudiado que se repite hasta la saciedad en diferentes períodos históricos, tendrá una continuidad, digamos “ornamental”, bastante relevante casi hasta nuestros días.
En ambas acepciones o interpretaciones de la rosácea bien como ruedecilla o bien como flor, bien como estrella, el resultado es similar, puesto que nos remiten al simbolismo del centro, ya que aunque la circunferencia no aparezca trazada, “la rueda de seis rayos…no puede dejar por ello de considerarse como inscrita en una circunferencia…es decir, la circunferencia que determina su contorno y su límite”[4] En la antigua Irlanda, había cuatro reinos y la capital del rey estaba en el centro de la isla y su topónimo era Tara. Esta palabra en sánscrito significa “estrella” y particularmente designa la estrella polar. En galés y bretón “Tarann” equivalen a “trueno” y el dios céltico Taranis era asociado a las tormentas y en sus representaciones galas sostiene una rueda. En sánscrito “Tarani” es una de las palabras que designan al Sol y Shiva es llamado a veces Tara, como equivalente de “aquel que ayuda a pasar del otro lado del río”. “Estos diferentes aspectos hacen de Tara una puerta, un lugar donde es posible la ascensión al mundo celeste”[5]Por otro lado, la flor por su breve vida “es símbolo de la fugacidad de las cosas, de la primavera, de la belleza”[6]. Según referencias históricas, los griegos y los romanos cubrían de flores a sus muertos antes de llevarlos a la pira funeraria y luego esparcían dichas flores sobre sus sepulcros, no tanto como ofrenda a los difuntos, sino como analogía de la fugacidad de la vida. Esta costumbre se perpetua hasta nuestros días como bien es sabido, pero mayormente en el sentido de ofrenda y de reconocimiento al ser querido, mas que como su “interno” significado. Esto es en lo relativo a la naturaleza de la flor, pero en lo referente a la forma, “la flor es una imagen del “centro” y, por consiguiente, una imagen arquetípica del alma”[7] Y es que un símbolo como la rosácea tan representado en nuestro arte europeo, insisto, y en concreto en nuestra península ibérica, que ha pervivido en el arte ornamental rural, como símbolo mágico propiciatorio o protector es algo más que una bello motivo geométrico. Esta representación de la rosácea como flor nos remite sin ningún género de dudas, en su origen como procedente de una rueda: “Cuando la flor se considera como representación del desarrollo de la manifestación, hay también equivalencia entre ella y otros símbolos, entre los cuales ha de destacarse muy especialmente el de la rueda, que se encuentra prácticamente en todas partes, con número de rayos variables según las figuraciones, pero siempre con un valor simbólico particular de por sí. Los tipos más habituales son la ruedas de seis y de ocho rayos; la “ruedecilla céltica”, que se ha perpetuado a través de casi todo el Medioevo occidental se presenta en una u otra de estas formas” [8]
Por otro lado, R.Guénon nos indica otra correspondencia entre el número de pétalos de algunas flores y el de los rayos de la rueda: Así pues dentro del mundo tradicional indoeuropeo, en Occidente la flor de la nobleza por excelencia, representada por el lirio o también llamada flor de lis en nuestra heráldica, posee seis pétalos al igual que la rosácea o la ruedecilla céltica.
Mientras tanto en la India y por extensión a las tradiciones en su origen aryas como el Hinduismo y el Budismo, la flor por excelencia es el loto, de ocho pétalos, al igual que su rueda de ocho rayos, su “rueda de la vida”. Cabe recordar que la rueda (chakra) es uno de los símbolos atribuidos a Vishnú, junto con la maza (gada) y la caracola (sankha). Al respecto de una flor de loto y su girar como rueda, un bello relato nos cuenta que Buda reunió a sus discípulos para explicar el Dharma. Sus discípulos esperaban un sermón, unas palabras y unas explicaciones pero ese día cogió una flor de loto en su mano y la hizo girar como una rueda. Ante todo el gentío allí presente, su discípulo Mahakashyapa en ese instante sonrió e inclinó la cabeza, asintiendo. Había alcanzado la iluminación, el Despertar. De nuevo las palabras limitan: un gesto (girar como una rueda), un signo (la flor) habían bastado para transmitir al príncipe Siddharta su linaje espiritual. Así pues Mahakashyapa se convirtió en el primer sucesor del Dharma del muy venerable Buda Shakyamuni.
Nos recuerda Julius Evola que el budismo pertenece al filón central de la metafísica hindú y que la aspiración del seguidor de la doctrina del Despertar es el destruir la ignorancia -ese sueño, saco de manías y olvido- no aceptando el estado de existencia en el que nos encontramos aquí, es de igual manera análoga “a la del iniciado helénico que bebe de la fuente del recuerdo para reingresar a su naturaleza primordial, semejante a la de los dioses. Queda excluida toda mitología moral. Lo que subsiste es una actitud de centrismo”[9] . De nuevo queda manifiesta la importancia de la idea de la conquista del centro, puesto que su logro significa escapar al cambio perpetuo al que estamos sometidos en el mundo del Devenir (mundo samsárico) y a su rueda. De ahí, tanto en el Hinduismo como en el Budismo la importante figura o estado del “Chakravartin”, “el señor que hace girar la rueda”.
Volviendo al símbolo del que nos estamos ocupando, en tanto que la rosácea como rueda, debemos tener presente que la mayor parte de las veces cuando se nos explica este símbolo por parte de historiadores del Arte, nos remiten a una de las formas elementales del simbolismo de la rueda que siempre nos lo interpretan como de carácter solar. Y en ello no hay objeción alguna si dichos historiadores no caen en describir el culto solar como un simple animismo o “naturalismo”. Según Hermann Wirth, para las antiguas estirpes nórdico-atlánticas, éstas profesaban una religión primordial puramente monoteísta y para ellos la rueda del sol era “el símbolo del Ser Supremo, del Espíritu del mundo como universo, como todo cósmico”[10]. Teniendo presente que el sol es el centro de nuestro sistema planetario, eso implica que el planeta desarrolle a lo largo de un año una rotación alrededor suya. De ahí lo que H. Wirth denomina “das Jahr Gottes in der Natur (el año divino en la naturaleza)”, “die Drehung (la rotación)” y “das Recht (el Derecho)”. En sus obras, H.Wirth recogió entre otros muchos símbolos de origen nórdico-atlántico, a la rosácea.
Quizás de ahí esas representaciones de nuestra Antigüedad, donde el sol es portado sobre un carro de ruedas tirado por un caballo, como por ejemplo del galés de Rhyd-y-Gorse o bien otra variante como el del austriaco de Strettweg-Steiermark. Y posiblemente esto tenga algún eco lejano en las “ruedas de fuego” que se tiran montaña abajo rodando en algunas partes de Europa durante la celebración del Solsticio de Verano.[11]
Significación metafísica de la Rosácea:
Por consiguiente, el propio nombre de la rueda implica como es sabido un movimiento, que es el rotar: la rotación, que es análogo del cambio continuo al que está sujeto todo el mundo manifestado, del mundo “samsárico”, pero que en tal rotación o movimiento “no hay sino un punto único que permanece fijo e inmutable y este punto es el Centro”[12] Es mas, la figura geométrica de la que deriva nuestra rosácea es la del círculo con su centro y su radio: es decir, el Principio como punto central o la unidad: los radios o pétalos emanan de dicha unidad hasta la circunferencia o la manifestación, que sería la multiplicidad . “…si bien el centro es en primer lugar un punto de partida, también es un punto de término: todo ha surgido de él y todo ha de volver finalmente a él. Puesto que las cosas todas existen sino por el Principio (o por lo que lo representa con respecto a la manifestación o a un estado determinado de ésta), ha de haber entre ellas un lazo permanente, representado por los radios uniendo el centro todos los puntos de la circunferencia de vuelta al centro”[13]
Habiéndonos aproximado a las posibles interpretaciones de nuestra rosácea, queda por acercarnos un poco más a su significado profundo, teniendo como premisa todo lo citado anteriormente en sus evidentes relaciones con la flor y la rueda.
Así pues la precisión matemática guenoniana nos ha introducido en este símbolo para revelarnos que “todos los seres, que en todo lo que son dependen de su Principio, deben, consciente o inconscientemente, aspirar a retornar a él; esta tendencia al retorno hacia el Centro tiene también en todas las tradiciones su representación simbólica. Queremos referirnos a la orientación ritual, que es propiamente la dirección hacia un centro espiritual, imagen terrestre y sensible del verdadero ”[14] La ritual orientación exterior tiene una inspiración supra-humana y su función en la orientación interior en el hombre y dado que todos los seres tienen el deber del cumplimiento de la Ley Divina o Norma Universal, de nuevo es reiterado el adagio conocido, de que no se exime en el estado humano de cumplir la ley, sea conocedor de ella (conscientemente) o no lo sea (inconscientemente). Todos estamos sujetos a las mismas leyes micro y macrocósmicas, y por consiguiente nadie puede eludirlas.
Por otro lado Schuon, sin duda alguna, acaba por dar una explicación más nítida de nuestro símbolo: “allí donde está la rotación de la rueda cósmica, allí se produce también la dispersión de las almas, la individuación, con innumerables modalidades; el ego es una consecuencia casi física de la rotación universal. Allí donde está la calma, allí está el acceso al Sí inmutable e indivisible; allí donde está el centro, allí está la Unidad. Y como la rueda cósmica “no es otra cosa” que el Sí, so pena de no tener ninguna existencia, el Sí puede surgir por todas partes como milagro salvador”[15]
Y es que el símbolo actúa de manera análoga a lo que en Oriente es considerado el “mandala”. El objetivo último de todo símbolo es conducirnos a la concentración pura, más que fijar en la mente un objeto o idea. Es la disipación de toda distracción, es el sentir la presencia y la gracia divina, el encuentro con la clara luz del ser.
Concluyendo, Schuon dice que en todos los pueblos antiguos y pueblos tradicionales en general, su existencia estaba dominada por dos ideas claves: la de Centro y la de Origen. Los comportamientos de estos antiguos pueblos se explicaban directa o indirectamente por estas dos importantísimas ideas, ya que eran punto de orientación en el mundo sin medida y peligroso de las formas y del cambio. “Ser conforme a la Tradición es permanecer fiel al Origen y por ello mismo es situarse en el Centro; es permanecer en la Pureza Divina y en la Norma Universal”[16] Derivaciones y paralelismos de la Rosácea:La Rosácea tiene por supuesto sus derivaciones dentro de nuestro arte europeo, siendo ampliamente conocidas sus dos variantes: Una como crismón cristiano y otra como rosetón.
El crismón cristiano aparte de ser junto con el pez, uno de los primeros símbolos cristianos, mucho antes de ser considerada la propia cruz y todo lo que ella encierra, expresa y representa, es sin duda el símbolo mayormente empleado por los primitivos cristianos. Y es que el anagrama de Cristo, es decir, las dos primeras letras griegas de la palabra “Khristos” son las primeras muestras figurativas del arte paleocristiano. Según Guénon habría que distinguir entre el crisma simple y el crisma “constantiniano”. El primero sería la unión de las letras griegas X e I y el segundo de las letras X y P.[17] “In hoc signo vinces”, fue esta la visión de aquel emperador romano llamado Constantino, para declarar religión oficial del Imperio al Cristianismo y comenzar la clausura de los cultos y ritos paganos.
Algunos autores ven en el crismón un origen pagano, sin duda alguna, puesto que ya aparece representado en monedas aqueas y en medallas romanas muy anteriores al cristianismo. [18] La evolución de la Rosácea en el arte europeo como se ha mencionado anteriormente, deriva en los rosetones de las iglesias y catedrales. Esa abertura dentro de la estructura arquitectónica románica y gótica,[19] que llena de luz y colorido el recinto sagrado, a nuestros templos cristianos europeos. El simbolismo del rosetón en la iglesia o catedral cristiana tiene esa doble función, la apertura y la iluminación interior de recinto y en particular del altar, así como la del fiel capaz de comprender.
Algunos historiadores han relacionado el motivo de la rosácea con un Paraíso Astral, el “otro Mundo” al que las almas de los difuntos van a descansar e incluso con la filosofía pitagórica y sería así la rosácea un símbolo que incitaría a descubrir la “divina proporción” del “número áureo”. También hay quien relaciona la rosácea con el trébol del patrón de Irlanda, Cothraige “el servidor de los cuatro”, conocido en su forma latinizada como San Patricio. Y es que las hojas de un trébol partidas por la mitad nos darán la figura de la roseta de seis pétalos. Según cuenta la leyenda, cuando San Patricio evangelizaba Irlanda, para explicar el misterio de la Santísima Trinidad -dogma cristiano y revelación de la intimidad profunda de Dios- utilizó un trébol como ejemplo práctico para la explicación de ese ternario[20] y de ahí que el trébol sea una de las enseñas representativas de la verde Éire.
zyLos trazos del crismón son prácticamente semejantes, por no decir idénticos a los de una runa: la runa Hagal. Como es sabido, la runa Hagal es la conjunción de dos runas: la runa de la vida (Man) y de la runa de la muerte (Yr). Es semejante a las ramas y raíces del árbol sagrado Irminsul, Yggdrasill. Es la runa del invierno, donde la muerte-frío y el renacer-calor se funden y hacen brotar al Hombre resucitado. También hay autores quienes ven en el crismón constantiniano la fusión de las runas Hagal y Thorn.
Arte y Arqueología de un símbolo europeo:A lo largo del mundo antiguo céltico, romano y germánico es donde se expande este símbolo, por lo tanto su extensión se produce en buena parte de Europa (Irlanda, Francia, Suiza, Alemania, Italia…). Pero nos centraremos en unos ejemplos y referencias de la existencia de la rosácea a lo largo de los diversos momentos culturales dentro de nuestra península ibérica donde encontró mayor difusión, especialmente en el norte:.Galiza, Asturias, León, Zamora, Soria, Burgos, Cantabria, Vasconia, Norte de Portugal y hasta el sur en Cádiz.
Lógicamente tenemos que empezar por la cultura céltica Castrexa, donde encontraremos nuestro símbolo-ornamento en la orfebrería, piezas de tipo militar, en elementos arquitectónicos, en cilindros decorados, monumentos funerarios y en elementos de trabajo de la casa, principalmente.
Cumple recordar que para los celtas, tanto como el bardo, el armero y el orfebre eran los artesanos de su gloria y garantes de su prestigio. En este caso, el orfebre trabajaba el metal noble para el hombre y la mujer de rango elevado, siendo de destacar los torques para los hombres y las diademas, arracadas y brazaletes para las mujeres. Pues bien, tanto en el caso de las diademas, tenemos un bello ejemplo en la “Diadema áurea de Vegadeo”, cuya decoración es una muestra donde se prodigan los discos radiantes o rosáceas concatenadas y svásticas. En el caso de los torques, igualmente los encontramos diseñados en sus puntas (ejemplos en el Museo Arqueolóxico de Lugo)
En la cerámica tenemos muestras en la citania de Briteiros y en la Cividade de Terroso (Museo do Porto) y en los cilindros que protegían las entradas a la casa, tenemos en la desembocadura del río Miño, en la citania de A Guarda (Sta. Tegra) con abundantes muestras donde aparecen la rueda, la rosácea y diferentes tipos de espirales, trísqueles y svásticas. Otros ejemplos los tenemos en: Sanfins, Sta. Mariña de Augas Santas, San Cibrao de Lás, Outeiro de Baltar, Morgade, S. Adriâo, Troña, Oldrôes, Vilar, Rubiás, Paderne, Afife.
A partir de los siglos I al IV, con la romanización de la península, es especialmente empleada la rosácea en las estelas funerarias celto-romanas, aparte de su utilización en mosaicos, pinturas y cerámica, donde tenemos muchísimos vestigios de su utilización. De nuevo su difusión se extiende desde Cantabria, Burgos, Zamora, Extremadura, Galiza, Norte Portugal, Burgos, León, Vasconia. Ya en tiempos del asentamiento definitivo de los romanos en nuestra península, debemos destacar los temas representados en las estelas funerarias. Si bien una constante en estas estelas es su relación con el sol y la luna, igualmente curiosos son los temas labrados, que tienen que ver bien con animales como el jabalí (p. e. Sansueña- Zamora), el ciervo y el caballo (animales venerados especialmente en el mundo céltico), bien con banquetes, escenas de vendimia, caza, bien con instrumentos de canteros o carpinteros, o bien con embarcaciones, árboles y demás elementos vegetales. Buenas muestras y numerosas estelas las encontramos en Vigo, en el Museo de Castrelos, en los Museos Arq. de Coruña o de Zamora, por citar tan solo unos ejemplos. Y es que para algunos historiadores, el mundo de las estelas galaico-romanas será el punto de partida y de conexión con la filosofía griega y especialmente la de Pitágoras. “Priscilianismo, culturas suévicas y visigodas, cruzadas y peregrinaciones a Compostela, templarios, rosacruz… irán dándole importancia y manteniendo el latir simbólico y ornamental de la rosácea”[21]
No debemos olvidarnos dentro del arte tardo-romano, de un monumento de especial interés como es el antiguo templo pagano y reconvertido en la iglesia de Sta. Eulalia de Bóveda (Lugo), donde la rosácea aparece vinculada al igual que en otras estelas funerarias (Areal en Vigo), a la luna en creciente, que para algunos antropólogos tendrá un significado o un carácter “mágico profiláctico”.
La pregunta de qué es lo que han significado para los antiguos celtas peninsulares y romanos los símbolos que representaban, ya se la planteaban los recuperadores de nuestros vestigios arqueológicos a principios del siglo XX: “¿el conjunto de estos símbolos representaba divinidades en las que se creía y a las que se adoraba, o eran solo figuras amuléticas o acaso adornos derivados de un culto ya muerto? ¿Los discos, las ruedas, los suásticas que se ven en el monumento funerario de Briteiros y en estelas de época romana, tenían algo que ver,… con la creencia en la vida astral de las almas de los muertos o recordaban la fuerza vivificante del sol que hace resucitar periódicamente la naturaleza? ¿Eran señales de una fe aún viva o bien, perdido en parte o en todo su sentido religioso, eran sencillos amuletos o solamente decoraciones banales como lo son actualmente las ruedas y las estrellas que se esculpen en las losas sepulcrales de los atrios campesinos? [22] La teoría de un innegable culto solar se ve reforzada ya desde los tiempos de los megalitos, donde la orientación del corredor de entrada del dolmen se orienta, diríamos ritualmente, hacia el naciente. Y es que hay una estrecha relación entre el Norte y el Este por un lado como por otro entre el Sur y el Oeste. Parafraseando a Christophe Levalois, diremos que la luz del Este se desarrolla y surge de las potencialidades de las tinieblas del Norte. Y en lo que atañe a la simbología utilizada por la Cultura de los Castros, es mas que evidente su relación con las culturas del bronce nórdico e introducida aquí con las formas hallstáticas.[23]
Entre los suevos y visigodos, este símbolo perdura y continúa representándose dentro de sus iglesias y varias son las muestras, siendo de destacar las maravillas de la “herética” Quintanilla de las Viñas (Burgos), Sta. María de Lebeña (Cantabria), San Miguel de Lillo (Asturies) o San Miguel de Celanova (Ourense). En el Museo Arq. de Sevilla también tenemos muestras visigóticas de la rosácea en un telante de altar de los siglos VI-VII. Del periodo suevo-visigodo y prerrománico perdura nuestra rosácea hasta el románico, siendo su empleo y difusión igualmente difundida especialmente en la arquitectura de las iglesias, en sus pórticos y frisos generalmente, pero también apareciendo sobre un animal en la cruz de la portada del templo. También tenemos ejemplos del uso en frisos de la rosácea en la ornamentación románica como por ejemplo en dos joyas arquitectónicas del románico rural galaico como son Vilar de Donas (Lugo) y Sta. María de Cambre (Coruña), así como en grandes monasterios como en Sobrado dos Monxes (Coruña).
Y es hasta aquí, el empleo de la rosácea en el arte sagrado, a partir de este período la rosácea se ve relegada al arte popular rural, donde pervive como símbolo protector y profiláctico (al igual que la svástica, por ejemplo), de la aldea y de la comunidad, de la casa y la familia, de los enseres de trabajo, de los animales… Es el declive de la comprensión del símbolo en su interpretación culta y pasa a ser interpretado dentro de un paganismo de “tercera función”: pasa a ser rural y popular, pervive en la intimidad de la familia y en el pueblo, donde los ecos lejanos de la Tradición y el legado simbólico de los antepasados, malvive y fenece.
Federico Traspedra Samaim 2005LOS ENEMIGOS DEL BOSQUE SON NUESTROS ENEMIGOS

Por Pierre Vial A 25 de Agosto de 2006 (Aniversario de la muerte de Nietzsche)
Este Verano, en Europa, regiones enteras, particularmente en España, en Portugal, en Grecia, han sido arrasadas por diversos incendios monstruosos. Ha sido particularmente herida de muerte Galicia, vieja tierra céltica en la que desemboca el ancestral Camino de las Estrellas (llamado por algunos Camino de Compostela, nombre que significa «el campo de las estrellas») y que reivindica con orgullo su identidad, entre otras, al enviar año tras año, para representarla, a sus músicos y sus danzantes al Festival Intercéltico de Lorient. La incuria de las autoridades regionales pero también la criminal negligencia de las autoridades madrileñas han sido trágicamente puestas en evidencia: Bomberos muy poco numerosos e insuficientemente formados, materiales en desuso, obsoletos, incapaces de resultar eficaces ante unos incendios gigantes. Incendios que, en su mayoría, han tenido un origen criminal. Han sido provocados, instruidos por crápulas que, para obtener enormes beneficios a través de operaciones inmobiliarias, no dudan lo más mínimo en transformar vastos y bellos bosques en desiertos de cenizas, parecidos a superficies lunares, siendo la flora y la fauna aniquiladas sin vacilar en nombre del dios don dinero. Tales gentes –ejecutores y todavía mucho más instructores– son criminales que, en cualquier Estado normalmente constituido, deberían ser sancionados con la única pena que se adapta a su crimen: La pena de muerte. Al atacar al bosque, esos criminales han destruido a una fuente de vida irreemplazable, constituyendo el bosque un biotopo indispensable para el equilibrio natural. En claro, el bosque es una apuesta de supervivencia para todo cuanto vive sobre la tierra, de la vegetación a los animales (incluyendo, entre ellos, a esos animales a los que llamamos hombres). De ahí que la destrucción, siempre con fines mercantiles, de gigantescas superficies forestales, en todos los continentes, bajo pretexto de necesidades industriales (pasta de papel, madera para la construcción, para la industria del mueble, etc...), resulta también tan criminal como los incendios provocados. Si en los intereses financieros encontramos la explicación para muchas cosas, no siempre encontramos la explicación para todo. Puesto que el bosque es, en sí mismo, portador de una concepción del mundo, de culturas y de civilizaciones que son, sencillamente, las nuestras. En el Siglo XIX Ernest Renan oponía, en la historia de la humanidad, a pueblos de los bosques –nosotros– y pueblos del desierto –nuestros enemigos, desde siempre–. Hoy, este criterio resulta más válido que nunca. Nos reenvía a una lucha ideológica plurimilenaria: Cuando los monjes, en la Edad Media, justificaban los desmontes, explicaban que se trataba de una obra pía puesto que todo retroceso del bosque es un retroceso del diablo (es decir, de los viejos dioses paganos, en virtud de lo apuntado por la neurosis cristiana, puesto que las creencias ancestrales de los europeos, perseguidas por los zelotes cristianos, se habían refugiado en el corazón de los bosques, bajo la protección de gente a la que podríamos llamar Hermanos y Hermanas del Bosque –o encantadores, brujas o hadas, como se quiera–). Hoy, el deber imperioso de los buenos europeos es el de movilizarse para velar por nuestros bosques. Muy en concreto, voluntarios prestos a ayudar al repoblamiento forestal de las regiones de Europa martirizadas durante estos últimos meses serían muy bienvenidos.
EL TSUNAMI DE LA ESCLAVITUD
por Eduardo Arroyo
Desde la ultraizquierda más retro hasta la ultraderecha de Anson, pasando por todos los gobiernos que hemos tenido, escuchamos siempre el mismo argumento: la inmigración es necesaria para mantener el sistema de pensiones. Así, cuando algún político, enfeudado a los intereses del capital, quería hacer valer su poltrona entonaba el mantra de que los inmigrantes venían aquí a salvar nuestras pensiones.
Desgraciadamente, el Banco de España (BE) ha informado de que, pese a la inmigración, el impacto del envejecimiento de la población y la escasa natalidad provocará el déficit del sistema, de no adoptarse nuevas medidas, especialmente entre 2020 y 2050. Para llegar a esta brillante conclusión el BE no ha elaborado simulaciones con superordenadores precisamente; tan sólo ha constatado, con información del Instituto Nacional de Estadística, que los inmigrantes envejecen también y que, en el futuro, demandarán derechos.
En el diario neoconservador La Razón (2/4/06), una tal Rosa Carvajal afirma que "es indudable que su entrada [de inmigrantes] a nuestro país ha potenciado nuestra expansión económica y ha favorecido la creación de empleo". Pero si hubiera leído el informe del Servicio de Estudios Económicos de la fundación BBVA (3/3/05) sabría que la mano de obra inmigrante "favorece la moderación salarial", por exceso de oferta, y "facilita la contención de precios". A salarios más baratos corresponde menor poder adquisitivo y es un hecho que el empobrecimiento de las familias es una causa directa de la disminución de la natalidad. ¿Beneficia esto al país? Indudablemente no.
Joaquín Almunia, comisario europeo de Asuntos Económicos, ha avanzado ante el Colegio de Economistas que hace falta "reformar el sistema de pensiones". Ya sabemos de qué va eso. Por ejemplo, en EE.UU., según el diario El País (02/04/06), "cada vez más empresas congelan los planes corporativos tradicionales, creados tras la II Guerra Mundial, mientras se promueven con entusiasmo los fondos de ahorro para la vejez, los llamados fondos 401(k), que permiten a las compañías hacer aportaciones más flexibles y trasladan al empleado los riesgos de su gestión... Los expertos aseguran que en un futuro muchos mayores trabajarán por la fuerza para evitar caer en la pobreza".
Así las cosas, el capital global está a punto de consumar el negocio del siglo. Cuando hace falta, vende la inmigración como la panacea para sanear el sistema de pensiones. Pero si quiere destruir el sistema público de pensiones a fin de recabar los beneficios de los planes privados, entonces dice que las pensiones no se salvarán ni con inmigración masiva. Al final tendremos inmigración masiva para garantizar los sueldos esclavistas y no tendremos pensiones públicas porque habrá que pagar religiosamente el plan de pensiones del banco de turno. Y luego dicen que no existe el crimen perfecto.
Así las cosas, mientras nos machacan los oídos con la última memez del bufón Otegi o con las cuitas de la alcaldesa de Marbella, el tsunami de la esclavitud desplegado por el demoliberalismo avanza imparable.
O MITO DO HOMEN GALEGO, por Alexandre Herculano
LIMIAR Do prólogo da obra de Alexandre Herculano “O GALEGO” e com o subtítulo de Tipos Portugueses, Vida, Ditos e Feitos de Lárazo Tomé , imos tirar uma selecçom de citas por considera-las de enorme interesse, dado o actual hibridismo intelectual que impera dentro e fora de nós, da Galiza, da Europa. Alexandre Herculano, neste texto apressenta-nos ao “ser galego” com uma triple face, tal qual se fosse uma deidade céltica que olha para os tres mundos: o passado, o presente e o futuro.A coragem do galego como mito para os invasores africanos; como xérmolo do nascemento da monarquía de Portugal; como ser intimamente vencelhado à Terra. Sirvam-nos estas palavras deste excelente escritor português ,para fundamentalmente clarificar ideias e algum que outro “híbrido conceito”: como toma de conciência da nossa memória histórica, de actitude vital para nós os galegos, como revitalizaçom do nosso orgulho, sempre lembrando que aqueles que possuem a mais longa Memória som os que ficam e moram mais perto da Tradiçom da Terra e do Povo. Isto é vital para a nossa existência, para o nosso presente e futuro, o futuro dunha nación baseada em uma postura étnico-cultural, com centro na vissom espiritoal e organicista da nossa historia, tal e como concebirom-no muita da intelectualidade galega, como Vicente Risco, Ramón Otero Pedrayo, Florentino López Cuevillas, Álvaro Cunqueiro, Gonzalo López Abente, A. Taboada Roca, Manuel Murguía, Ramón Cabanillas... por citar só uns poucos homens Quando os homens e a mulheres da Galiza “re-descubram” sem complexos a sua fermosa e dramática história, voltaram a sentir-se orgulhosos de ser galegos, portugueses, hispânicos i europeus. CITAS“O galego é, sem a menor sombra de dúvida, o mais distinto, o mais forte, o mais digno da observaçâo do filósofo entre todos os tipos da nossa terra. O galego é um mistério (esta frase nâo sei se fede a Lutero: cheirem-na lá os entendidos); o galego é uma existência singular, que passa desconhecida no meio dos desdéns, e quantas vezes (oh profanaçào!)no meio dos cachaçôes e pontapés de um vulgacho grosseiro; o galego é a obra mais ehgenhosa, mais profunda, mais admirável do pensamento humano.” “Bem prevejo que algum tagarela dos que costumam falar do que nâo entendem, vício mais comum do que se pensa, me tomará para a sua alma, porque logo começo metendo entre os tipos portugueses o galego, o que, no se tísico e superficial bestunto, julgará uma contradiçâo flagrante. A coisa vista pela rama assim parece. Mas quem nâo é capaz de profundar as questôes, para que se há-de meter nelas?Na filosofía do galego há uma distinçâo fundamental, que antes de tudo se deve fazer. É a base do sistema. Sem ela a teoría da ciència fora impossível. Por aí começaremos:A ideia “galego” é complexa; é trina. Há galego-mito---galego-história---galego actualidade: o primeiro é um símbolo; o segundo um ovo; o terceiro um elemento social. Este constitui verdadeiramente o objectivo científico: é a revelar uma porçâo mínima das suas maravilhas que dedicamos os presentes estudos. Oxalá nâo sejam baldados os nossos esforços para restituir ao seu legítimo esplendor uma das entidades mais importantes da moderna sociedade portuguesa. Façamos sentir a diferença do símbolo, do ovo e do elemento social. Pela volta da tarde, envolto no seu albornoz pardacento, o velho kabaile ou berbere das raízes do Atlas narar aos mancebos que o escutam assentados ao redor dele as remotas lendas mouriscas. Muitas vezes aconece versarem essas lendas sobre as guerras de espanha, antes que, conquistada Granada, as águas violentas do Estreito vissem passar fugitivo pela última vez o estandarte outrora glorioso do Profeta. Naqulas tradiçôes, tâo tristes como a voz do narrador, a palavra Djalikia soa de quando em quando como se fora um murmúrio, vindo na aragem do Norte enxerir-se nas palavras guturais e monótonas do kabaile. “Djalikia!”, exclama ele na sua dor patriótica e religiosa. [“Nome fatal que escureces todas as recordaçôes de glória passada: Djalikia! Os teus reis[1] foram o flagelo dos filhos do Corâo; os teus cavaleiros cobertos de ferro regarm com abundante sangue de mártires os campos e as montanhas de Andalôs. Maldita sejas tu, ó terra fria e húmida, onde o Sol dorme, sem luz, sem calor, deitado no imenso coxim de nevoeiros que, pendente dos quatro ângulos do céu, se balouça sobre os teus pinhais rorejantes! Da s tuas montanhas escarpadas, dos teus vales profundos, das tuas selvas sombrias descia correndo o terror adiante do tropear compassado dos teus ginetes, e dilatava-se para o oriente e para o ocidente, pela Axarkia e pelo Algarbe. Debalde as tribos do Moghreb iam estender uma cerrada abóbada de cimitarras sobre as cabeças dos nossos aterrados irmâos: os braços dos Moghrebins franqueavam, e a abóbada rompía-se, e as espadas dos cavaleiros de Djalikia vinham bater nas frontes das santas mesquitas, e a cruz venerada dos nazarenos aparecia estampada debaixo dos golpes. Nâo eram homens, eram demónios esses pelejadores de Al-djuf, que estavam em frente dos guerreiros do Islâo, firmes como o cedro ameaçado do furacâo, e que ao grito de Santyak se precipitavam contra eles como o leâo contra o caçador inexperto. As tribos mais ilustres dos Amazi[N1]ghs[2] nâo puderam resistir-lhes. Os Morabethins caíram ante eles: caíram ante eles os Mohahhedins! Maldita sejas tu, Djalikia!] É por este, ou por um semelhante epifonema, que o velho kabaile termina sempre as lendas de Andalôs, ou Espanha. Eses contos, narrados ao lusco-f